INTRODUCCIÓN
Uno de los tópicos derivados de las discusiones filosóficas en torno a la teoría del valor de Karl Marx es la interpretación del capital como un sujeto constitutivo y constituyente de nuestra época (Backhaus, 1992; Arthur, 2004; Postone, 2006; Fineschi, 2009; Heinrich, 2008; Bellofiore, 2013; Jappe, 2016; Finelli, 2014, Kurz, 2017). Como relación social que objetiva y subsume la vida social, el capital, con sus predicados, determinaciones, formas de funcionamiento y realización, o sea, con la totalidad de su despliegue, plantea problemas que, en cierta medida, son de índole metafísica: la dominación abstracta, estructural e impersonal; la violencia abstracta; la personificación; la realización; la síntesis social; y la abstracción real. Todos estos elementos evidencian el predominio del capital, que, aunque no es absoluto, resulta fundamental en la vida cotidiana moderna.
Algunos de los problemas derivados de las abstracciones del capital han sido abordados, aunque no de manera exclusiva ni exhaustiva, desde la teoría de la forma-valor (TFV)1. A pesar de sus diferencias, los exponentes de esta corriente comparten un extenso debate en torno al concepto de capital como relación social dominante en la modernidad, cuya lógica de valorización impone un control sobre la reproducción social, sometiendo a las personas a la ley ciega y muda del valor.
En este artículo no abordaré directamente estas interrogantes. Puesto que me interesa, siguiendo la lectura de Toscano, comprender la manera en que el capital modela la vida moderna “como una especie de metafísica prácticamente existente” (2018, p. 314), me centraré en una discusión adyacente, que comparte con estas cuestiones su carácter de derivación conceptual de un “enfoque en abstracción” (Bidet, 2007, p. 84) de la teoría del valor, concretamente, la relación entre el capital y lo que Marx denominó la totalidad del proceso social (Totalität des gesellschaftlichen Prozess), vale decir, la centralidad del capital en el modo de producción capitalista, la sociedad burguesa, y aquello que mentamos como moderno expresado en el vínculo entre capital y el mercado mundial. Como dice Marx:
La tendencia a crear el mercado mundial está dada directamente en la idea misma del capital. Todo límite se le presenta como una barrera a salvar. Por de pronto someterá todo momento de la producción misma al intercambio y abolirá la producción de valores de uso directos, que no entran en el intercambio; es decir, pondrá la producción basada sobre el capital en lugar de los modos de producción anteriores, más primitivos desde el punto de vista del capital. El comercio ya no aparece aquí como función que posibilita a las producciones autónomas el intercambio de su excedente, sino como supuesto y momentos esencialmente universales de la producción misma (2007, p. 360).
El presente artículo tiene como objetivo comprender los supuestos contenidos en este párrafo, específicamente que la lógica del capital constituye la base de la producción social de lo moderno, centrando el análisis en el mercado mundial como una determinación espacial y temporal. En primer lugar, se abordan los fundamentos de la tendencia (Tendenz) o propensión del capital a crear el mercado mundial. En segundo lugar, se analiza cómo el capital tiende a superar todo límite o barrera, estableciendo el comercio como un supuesto esencial y universal de la producción bajo su lógica expansiva. Además, se discuten las dimensiones espaciales y temporales derivadas de la producción moderna subordinada a la lógica del capital, que supone producir, comprimir y superar todo límite/barrera geográfica o social a partir de aquello que Marx mentó como la aniquilación del espacio por medio del tiempo y la subsunción del comercio a la forma general del capital. Para alcanzar mi objetivo, se sintetizan las categorías constitutivas del concepto de capital y la idea de sujeto automático, con el fin de mostrar cómo el capital produce las formas de mediación modernas y una particular dimensión espacio-temporal.
1 FUNDAMENTOS DE LA TENDENCIA EXPANSIVA DEL CAPITAL
1.1. La presentación crítica del capital
Para aprehender el concepto de capital y la crítica de la sociedad burguesa en Marx es necesario presentar la lógica que articula las formas sociales modernas, las categorías que, en su operatividad, constituyen el concepto de capital útil para exponer la especificidad histórica del poder económico y la dominación social moderna en los Grundrisse y en El capital. Este movimiento de las determinaciones sociales me permitirá presentar la proyección generalizada de la producción del espacio-tiempo capitalista como una necesidad social y un vínculo absoluto emergente del propio capital.
La Darstellung de la forma del poder económico y de la dominación social del capital y su respectiva crítica2 exige hacer abstracción de los fenómenos y las experiencias cotidianas modernas, tanto colectivas como individuales, siguiendo la estructura lógica en la que las determinaciones categoriales y las mediaciones del capital trascienden sus propios momentos particulares y, a la vez, solo existen a través de estos. Esta forma de dominación (Herrschaft; Macht) y poder/violencia (Gewalt) del capital no puede ser sino estructural-estructurante y exige, para ser aprehendida, una conjunción entre la abstracción lógica del capital y su proceso de realización como una unidad. Solo en apariencia se podría interpretar como una disyuntiva esta unidad, cuya conceptualización dialéctica remite al problema de la abstracción real.
La encrucijada formal que arrastra consigo la abstracción real corresponde a la función operativa del concepto de capital, ya que no se trataría de una abstracción meramente mental; más bien, se trata de una abstracción real resultante de una actividad espacio-temporal del mismo capital como totalidad del proceso social (Sohn-Rethel, 2017, pp. 116-124). El problema de la realización (Realisierung/Verwirklichung), para efectos de este artículo, dice relación con el problema fundamentalmente filosófico y metafísico del capital señalado al inicio, vale decir, cómo la condición de existencia social del capital, a pesar de que este expresa una relación social altamente abstracta solo encuentra validez en las acciones de los individuos y, sin agotarse en ninguno de ellos, los necesita para la realización de los procesos de producción, distribución, intercambio y consumo3.
Volviendo a la lógica básica de la realidad social moderna, como totalidad esta se encuentra no solo en el concepto, sino también en la experiencia moderna del individuo en su vínculo con las mercancías como cosas abstractas. La forma social de la dominación moderna trasciende el campo de lo económico. Se encuentra en los ámbitos de la vida cotidiana y la conciencia habitual que llamamos modernos, cuando adquiere el carácter, por un lado, de un vínculo absoluto (Lefebvre, 2013; Jameson, 2003) en virtud del espacio abstracto4 que el capital (re)produce como condición y expresión de su forma de dominación y, por otro , de una necesidad social (Postone, 2006) expresada en el tiempo abstracto, según el cual la magnitud del valor funciona como el elemento básico de mediación moderna, fundada en el trabajo abstracto cuando subsume generalizadamente las temporalidades históricas al tiempo del capital. Sin embargo, no se trata de dos dimensiones separadas o simplemente articuladas, sino de una única espacio-temporalidad, que constituye un solo dominio.
Bajo un solo dominio, el vínculo absoluto y la necesidad social (o el espacio-tiempo abstracto del capital, que abordaré más adelante) constituyen otra categorización para determinar hasta qué punto la sociedad moderna se encuentra hilvanada con el modo de producción capitalista y enredada en sus relaciones y leyes. Para explicar este problema, el concepto marxiano de capital constituye una entrada que permite aprehender la totalidad de la sociedad burguesa a partir de la lógica que descifra su funcionamiento.
Marx define el concepto de capital como una esencia abstracta cuyo contenido se encuentra subsumido a su movimiento interno. En tanto concepto, es presentado desde un proyecto, una ciencia determinada como Kritik respecto de la economía política (la ciencia más avanzada de su época, según el propio Marx), que no pudo aprehender la esencia del capital ni conceptualizarlo como valor en movimiento o “abstracción en acción” (Tombazos, 2020), ni interpretarlo como una forma autónoma y orientada hacia el crecimiento de su movimiento (Postone, 2006, p. 351). Este concepto contiene formas sociales, a saber, las categorías. En la sociedad burguesa, objeto del análisis de Marx, las categorías mercancía, trabajo, valor, valor de cambio y dinero son constitutivas del capital y, a la vez, componen las formas sociales de mediación social modernas, son el vínculo social (gesellschaftlichen Zusammenhang) que expresa la interdependencia de los individuos recíprocamente indiferentes.
El capítulo IV del tomo I de El capital exhibe estas categorías y su articulación en la fórmula general del capital D-M-D’, como la naturaleza básica del modo de vida social moderno5. El dinero (D) es la forma autónoma y permanente del valor como unidad de medida y medio de circulación; su permanencia solo se garantiza si se efectúa el movimiento D-M-D. Sin embargo, solo es ventajoso si ocurre D-M-D’, donde D’ es mayor que D, es decir, si el valor se mantiene en autonomía, crece y llega a ser el fin de la totalidad del proceso social (Marx, 1962, p. 179). Esta fórmula no refiere solo al incremento de la riqueza en general, sino también al proceso lógico y social mediante el cual el valor circula y se expande. En tal sentido cobra relevancia el plusvalor como una diferencia cuantitativa de valor entre D y D’ cuya determinación básica en la sociedad es producir un excedente social de valor (1962, p. 165). La condición esencial para la existencia del plusvalor es la valorización del valor, el proceso por medio del cual crece en magnitud.
La sociedad burguesa organizada bajo el propósito del D-M-D’ representa el permanente proceso del D’ como fundamento del capital, que no es ni puede ser retirado al final del proceso de valorización, pues, si se atesora, el poseedor de dinero se convierte en un “capitalista demente”; en cambio, el poseedor, como capitalista, es el atesorador racional (1962, p. 68), quien va tras la ampliación del valor, procurando lanzar su dinero a la circulación del valor de manera ilimitada. El atesorador, por su parte, busca “salvar al dinero de la circulación al dinero”.
A diferencia de la circulación, de la metamorfosis de la mercancía M-D-M o de la rotación del dinero D-M-D, la fórmula general del capital implica (Postone, 2006, p. 35), por necesidad inherente, un crecimiento y una direccionalidad cuantitativa permanente sin un telos externo, pues, mientras la circulación mercantil simple tiene como fin la apropiación de valores de uso, la satisfacción de necesidades–es decir, su objeto se encuentra fuera del proceso de circulación–, el movimiento del capital tiene como fin el valor en sí mismo, la riqueza abstracta (Marx, 1962, p. 167), bajo la cual se subsumen las diversas clases de riqueza material; es un movimiento carente de medida (eine Bewegung des Kapitals ist daher maßlos) (ibíd.), donde la valorización existe solo dentro de este movimiento renovado (ibíd.).
Hasta ahora, sabemos que el capitalista difiere en su acción del atesorador. Sin embargo, queda por explicar cómo el poseedor de dinero se convierte en capitalista y cómo las condiciones que posibilitan esta conversión son propias de una objetivación social, en relación con la cual se anuncia o predica algo.
En primer lugar, el poseedor del dinero se transforma en capitalista en cuanto asume la condición de portador consciente (bewußter Träger) del movimiento de la circulación (D-M-D’) (Marx, 1962, p. 167). Aquí, “persona” funciona como “bolsillo”, y este último es tanto el punto de partida como de llegada del dinero. En los Grundrisse, Marx ya nos adelantaba que en la sociedad burguesa el individuo lleva su poder social (gesellschaftliche Macht) y su vínculo con la sociedad en el bolsillo (1945, pp. 74 y 75), o sea, la objetivación social en el valor como producto del trabajo abstracto funciona como una condición para la socialización (Bellofiore, 2018), concretamente para la comunicación impersonal de seres humanos, cuya cualidad es intercambiar un quantum de valor, partículas de tiempo de vida social uniforme, continua, homogénea y vacía (Postone, 2006).
En segundo lugar, el poseedor de dinero asume la valorización como su fin subjetivo. Aquí se identifican sujeto y objeto en la unidad y propósito del capital: el capitalista hace subjetivo el contenido objetivo de la circulación. El no capitalista, cuando busca satisfacer necesidades, encuentra en la circulación simple (M-D-M, y no D-M-D’) la fórmula general para conseguir valores de uso. Sin embargo, al igual que el capitalista, el no capitalista, esto es, la mayoría de la población laboral y no laboral, adquiere los bienes en su forma de mercancías (en cuanto refieren a un ente portador de valor), pues la condición de cosa abstracta de la mercancía es la condición del intercambio generalizado que presupone la sociedad burguesa y que esta impone generalizadamente como vínculo social normativo. El no capitalista, como trabajador, por ejemplo, debe personificar el trabajo asalariado ya subsumido formalmente a la lógica del capital: la subjetivación del trabajo moderno es la otra forma social fundamental de la subjetivación de la lógica objetiva: capitalistas y trabajadores, en cuanto entran en la función de las máscaras económicas modernas, están ya subordinados al teatro de la producción del capital en general.
En tercer lugar, el poseedor de dinero funciona como capitalista si el motivo de sus acciones es la creciente apropiación de riqueza abstracta (Marx, 1962, pp. 167 y 168), cuyo impulso por capturar valor no tiene límites. El origen de esta ausencia no se encuentra en la personificación del capital, sino en “la lógica personificada”, ya que el capitalista ejecuta la lógica general del capital. Marx encontró en la tradición algunas de las caracterizaciones de la lógica que gobierna las acciones de los capitalistas (ibíd.): la búsqueda de la riqueza ilimitada (Aristóteles), la pulsión por el dinero (Chalmers), el lucro futuro (Genovesi), la pasión inextinguible por la ganancia (McCulloch). Pero, como hemos visto, el poseedor de dinero se transforma en capitalista y funciona como tal, no por la codicia (como rasgo subjetivo); más bien, se trataría de un comportamiento forzado (Heinrich, 2008, p. 100), de conversión en capital personificado.
Finalmente, Marx señala que el capitalista, quien personifica el capital, posee conciencia y voluntad, pero únicamente en virtud del dinero, ya que lo persigue como su objetivo final y sigue “el movimiento infatigable de la obtención de ganancias” (2012, p. 187; 1962, p. 168). El poseedor de mercancías se subjetiva en la lógica objetiva de la valorización, al volver subjetivo el “afán absoluto de enriquecimiento” en su “apasionada cacería en pos del valor de cambio” (2012, p. 187; 1962, p. 166), es decir, al asumir la fórmula general del capital como un fin subjetivo, el capitalista se subjetiva en la objetivación del capital.
He argumentado que la objetividad social, la cual se impone con férrea necesidad, se conceptualiza en la forma de capital, no solo revelando el carácter impersonal, abstracto y estructural de la dominación, sino también determinando la socialización como una acción autonomizada de los individuos. Nos queda ahora explicar cómo Marx descifra esta autonomización.
1.2. El sujeto automático
Las personas en el modo de producción capitalista ostentan máscaras económicas, son la personificación de categorías económicas, portadoras de determinadas relaciones e intereses de clases (Marx, 1962, p. 16). En el capítulo IV de El capital se presentan las categorías de vendedor y comprador, las que en sus relaciones deben ser determinadas, pues no es lo mismo “vender para comprar” que “comprar para vender”. El objetivo final de la primera relación se encuentra fuera del proceso mismo, en el consumo, la satisfacción de determinadas necesidades o valores de uso; en la segunda, principio y fin son la misma cosa, la búsqueda en sí misma de dinero y de valor de cambio, por ello el proceso resulta carente de término (Marx, 2012, p. 185; 1962, p. 166).
Según Aristóteles, “las artes que solo persiguen medios para un fin no carecen de límites, porque su propio fin se los traza” (Marx, 2012, p. 187; 1962, p. 167). Marx retoma esta idea del estagirita para sostener que, en la circulación simple, las formas que adopta el valor de las mercancías tienen como objetivo mediar en el intercambio mercantil; sin embargo, una vez que el proceso concluye, dichas formas desaparecen. En la Grecia clásica, solo una pequeña parte de los bienes circulaba como mercancías y el mercado –como espacio concreto de intercambio– no estaba desligado de la unidad de funciones sociales de la polis. En contraste, en el ciclo D-M-D, la valorización se encuentra en un movimiento constante y renovado, aunque adopte formas diversas. En este proceso, el valor no experimenta interrupciones ni rupturas, transitando sin bifurcaciones de una forma a otra, hasta convertirse en un sujeto automático (Marx, 1962, p. 69).
El valor es el sujeto6 del proceso D-M-D, en el cual, al cambiar y estar en constante movimiento, adopta las formas de dinero y mercancía, y es capaz de modificar su magnitud y alcanzar la forma D-M-D’. El valor se valoriza en su movimiento, agregando valor en el proceso. Es por esto que Marx sostiene que la autovalorización es su cualidad oculta (ibíd.). Esta operación es posible porque el valor encuentra en el dinero una forma autónoma que confirma su identidad consigo mismo, tanto en su punto de partida como en su punto final.
El valor es una sustancia móvil y transitiva. Se vuelve valor en el proceso, convirtiéndose en dinero y, en cuanto tal, en capital, es decir, en valor realizándose. Marx sostiene que el valor que proviene de la circulación retorna, se conserva y multiplica en ella, reanudando una y otra vez el mismo ciclo. Esta característica y las previamente descritas expresan que la lógica objetivada del capital funciona por sí misma “en una relación privada consigo mismo” (ibíd.), no requiere de una intervención exterior; es más, una vez iniciado el proceso, este no cesa y, como consecuencia de su movimiento, no precisa de un operador humano, escapa del control de la clase, del Estado, del control humano consciente en general, pues se trata de un dispositivo mecánico, automático, de una lógica que encuentra en sí misma la función que le imprime sus determinados movimientos. Así, el movimiento del valor es el de la sustancia que deviene sujeto en un movimiento abstracto y a la vez real.
Marx no centra su atención en la conciencia de las personas y sí en las acciones, ya que las personas actúan según la reflexión de la lógica del capital, y no según su propia conciencia al momento de su personificación (Heinrich, 2012). Con ello, el sujeto automático es descifrado como una figura literaria, un oxímoron o una forma lógica, contradictoria, una dialéctica, puesto que integra dos conceptos que, en su significado opuesto, sujeto (autodeterminación) y autómata (sin vida), dan origen a un nuevo sentido, en este caso, a la absoluta autonomización de la lógica del valor respecto de los individuos, cuyo movimiento compele generalizadamente el proceso de modernización al incorporar su extensión como una relación interna y tendencial hacia mercado mundial, como veremos más adelante.
Esta lógica, para funcionar, precisa de agentes individuales y de clases sociales. Sin embargo, no se reduce a ellos, ni requiere de su voluntad ni de su conciencia para su realización; en tal sentido, vale hablar de dominación abstracta, impersonal y estructural, y no de dominación concreta, personal y contingente. Si bien es el capital quien timonea el proceso social, su función operativa solo puede ser exhibida (Tombazos, 2020, p. 1057) en las acciones que personifican los individuos, mediados por la objetivación social de la valorización del valor. Así, la vida social objetivada y convertida en un sujeto automático adquiere la forma de individuos dominados por abstracciones (Marx, 1945, p.77).
En esta forma histórica de poder, el proceso de producción impone el orden de la socialización del valor como una ley que opera sin posibilidad de una evasión por decreto (Marx, 1962, p. 12) porque son leyes que actúan enceguecidas (blindwirkendes) (p. 117) y con férrea necesidad. Nadie está fuera de la socialización del valor, o “el afuera” siempre lo es respecto de la socialización capitalista y sus formas de interdependencia; por lo tanto, el límite es puesto por el capital. Así, esta relación social autonomizada conquistó algunas de las formas generales de la vida cotidiana, cuando el valor, como categoría totalizadora, se convirtió en la mediación objetiva del proceso social total, que fluye ciega y azarosamente sobre cada uno de los individuos (Adorno, 2004, p. 540).
El capital, como sujeto automático, no solo abstrae y homogeniza las relaciones sociales modernas, sino que también busca superar, por su tendencia expansiva constante, todas las barreras sociales y naturales. Esta expansión no es meramente teórica o mental; se realiza concretamente en la forma del mercado mundial, que actúa como el espacio-tiempo donde se desarrollan las relaciones sociales capitalistas. A continuación, desarrollaré este punto.
CONCLUSIONES
El artículo interpretó la crítica de la economía política de Marx como una crítica del capital y de la producción social del espacio-tiempo moderno. A partir de esta premisa, se analizó el capital no solo como un fenómeno económico, sino como una estructura abstracta y dominante que organiza las relaciones sociales de la sociedad burguesa, destacando la importancia del mercado mundial como determinación espacial y temporal de esta lógica. Para ello, se analizaron pasajes de los Grundrisse y El capital donde ya se encuentra la idea de que el capital contiene en su núcleo la tendencia hacia la creación del mercado mundial.
A través de una lectura del concepto de capital y del sujeto automático, el artículo argumentó que las categorías del capital generan mediaciones espaciales y temporales que estructuran la vida social moderna. En este sentido, el mercado mundial es la manifestación concreta de la expansión capitalista, resultado de su tendencia inherente a la valorización. Siguiendo la obra de Marx y algunas de sus interpretaciones contemporáneas, se concluye que el capital opera como una “metafísica realmente existente” que produce una parte de la vida social, se trataría de una metafísica que, aunque aparente y variable a lo largo de la historia, es profundamente real.
Las transformaciones en el mundo del trabajo, los desastres socioambientales, los nuevos fundamentalismos, la expansión/compresión espacial y la aceleración temporal son solo algunos de los problemas derivados de las dinámicas del capital (contemporáneo). Sin embargo, ¿es posible concluir que el capital lo domina y destruye todo? Espacialmente, como bien señalaron Lefebvre (2016) y, posteriormente, Massey (2005), la respuesta es no. A pesar de que el capital busca suprimir las diferencias reales, el espacio es múltiple; solo una parte de él es producida por el capital. En términos generales, el espacio es el lugar del conflicto, las complejidades y la coexistencia: aquello que Lefebvre denominó la sustancia del encuentro y que Massey (desde otra perspectiva) ha descrito como la coexistencia de trayectorias. No ha sido el objetivo de este artículo profundizar en este último punto, pero sí mostrar que el espacio producido por el capital, aunque no coincide plenamente con la producción de la sociedad, tiende cada vez más a identificarse con ella en la vida moderna, bajo la forma de “sociedad burguesa”. Las nuevas lecturas de Marx –algunas recuperadas en este artículo– han posibilitado una (re)lectura aguda de este problema desde el Marx tardío; sin embargo, como ocurre con todo autor, autora o corriente fundamental, resultan incompletas.
FINANCIAMIENTO
Este artículo forma parte del proyecto Fondecyt de Iniciación N° 11230188, titulado “Crítica inmanente y totalidad social: Hacia una crítica de la economía política del espacio-tiempo moderno en el Marx tardío”, financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile (ANID).
REFERENCIAS
Notas
Generalizadamente se asocian a esta interpretación corrientes disímiles como la Wertabspaltungskritik (Kurz y Scholz)/Wertkitik (Lohoff y Trenkle), la dialéctica sistemática (Arthur y Smith) y la Neue Marx Lektüre (Backhaus, Reichelt y Heinrich). Sin embargo, este problema sobrepasa con creces a estos autores.↩︎
La crítica marxiana tardía confronta la sociedad burguesa con los principios a partir de los cuales esta se articula, se sostiene a sí misma y se realiza como válida. Es un tipo de crítica según la cual el orden social produce los principios de su propia crítica (Caviglia, 2017). Este ejercicio se encuentra en la operatividad del método cuando Marx presenta la lógica de la sociedad burguesa como un despliegue de las categorías inmanentes del capital.↩︎
Si bien la discusión sobre esta noción tiene un punto de inicio con la obra de Sohn-Rethel, son diversos sus usos, interpretaciones y disquisiciones (Heinrich, 2023; Jappe, 2016; Bellofiore, 2016; Backhaus, 1992; Bidet, 2007; Arthur, 2004; Toscano, 2021; Finelli, 2014).↩︎
La abstracción es par excellence el espacio del capital. La historia moderna se presenta como la expresión del dominio de la abstracción en el espacio cuando la forma mercancía de los bienes se generaliza y se expande desde una producción local hasta el horizonte del mercado global.↩︎
Cuando Marx se propone sacar a la luz la ley que rige con férrea necesidad la sociedad burguesa, busca hacer visible las leyes que regulan la vida social moderna, que se presentan como naturales y se imponen a los individuos en sus acciones, coaccionando los límites de lo posible. Se trata de un dominio social sobre los seres humanos, como sostiene Adorno (2004, pp. 335-336), cuya acción se ejerce a través de un proceso económico anónimo e independiente de las masas, de los que mandan o incluso de los partidarios del capitalismo.↩︎
Por razones de espacio, no pretendemos abordar de manera exhaustiva la discusión sobre el sujeto automático en Marx. Postone (2006), Bellofiore (2013), Bonefeld (2014), Lotz (2014), Tombazos (2020), Kurz (2017, 2021), Steimberg (2021), Schröter (2021), Doust (2023). Micaloni (2023), Mau, (2023), Taylor (2023), entre otros, han interpretado aspectos clave de este problema. Mi interés se centra en el análisis del capital en movimiento, tal como lo he expuesto previamente, donde emerge la figura del automatismo.↩︎
La periferia, al igual que la diferencia y la fragmentación, no son momentos posteriores al centro o a la homogeneidad de las relaciones de producción de valor en movimiento ni a la tendencia hacia la producción del mercado mundial; por el contrario, son sus presupuestos, el otro lado de la dialéctica. En este sentido, la historia del capitalismo no debería interpretarse como una mera organización del espacio en términos temporales ni como una oposición antagónica ("el espacio y el tiempo"), sino como una espacio-temporalidad integrada y producida por el capital. De este modo, se evita la naturalización de la mercancía y se abre la posibilidad de concebir y producir espacio-temporalidades no automatizadas ni irracionales, desvinculadas del crecimiento de la riqueza abstracta.↩︎
Harvey (2019), Bensaïd (2013), Tomba (2013) y Tombazos (2014), si bien han subrayado el tomo II de El capital, donde Marx presenta las fases (Stadium) por las cuales transita y se desenvuelve el proceso cíclico del capital (Kreislaufsprozeß des Kapitals) (Marx, 1963, p. 31), como las determinaciones epistemológicas esenciales para la comprensión de la expansión del capitalismo, estas lecturas sugieren que la totalidad del espacio-tiempo del capital solo puede ser comprendida en el desarrollo de los tres tomos de El capital: el tomo I representa un tiempo lineal, progresivo, que estudia el tiempo de la acumulación del capital y del cambio tecnológico; el tomo II representa un tiempo cíclico, que estudia el tiempo de la reproducción del capital, por medio de la realización y distribución; mientras que el tomo III representaría una temporalidad en forma de espiral, que estudia el capital como una totalidad.↩︎
A pesar de no incorporar el concepto de capital marxiano, Polanyi ofrece una interpretación de este problema a lo largo de sus obras. En sociedades primitivas los mercados locales son mercados de vecindario y a pesar de su relevancia para la comunidad, en sus palabras, no pueden “imponer su patrón al sistema económico dominante” (2017, p. 123).↩︎
Una posible vía para entender la abstracción espacio-temporal del capital se encuentra en Sohn-Rethel (2017), autor ya mencionado, quien introduce la categoría de “abstracción real”. Según él, la abstracción social surge en el intercambio, con la aparición del sistema monetario en Crotona (siglos VII-VI a. C.), no en la producción. Sin embargo, su enfoque ha sido criticado (Jappe, 2013; Lange, 2022) por transhistorizar el trabajo abstracto y no integrar producción e intercambio como una totalidad del capital, lo que tiende a naturalizar la producción capitalista. A pesar de esto, su reflexión aporta una base para comprender la homogeneización de la abstracción capitalista y la disolución del espacio y tiempo en hechos concretos (Sohn-Rethel, 2017, p. 147). Henri Lefebvre también aborda la producción del espacio y tiempo del capital, aunque no conecta directamente su crítica del fetichismo con la teoría del valor y la dominación abstracta. O’Kane (2018, 2019 y 2020) reinterpreta estas ideas, articulando nuevas lecturas de Marx y la abstracción concreta. Sohn-Rethel y Lefebvre ofrecen aportaciones relevantes para comprender la espacio-temporalidad del capital, un aspecto no siempre tratado en la tradición marxista. Otras perspectivas importantes incluyen las de Altvater (1987, 2017), Harvey (1990), Massey (2005) y Virilio (2006), quienes han explorado la compresión espacio-temporal desde diferentes enfoques: ecológico, económico, político y feminista. Castree (2009), tomando estas discusiones, propone una lectura compleja y dinámica de la espaciotemporalidad del capital, influenciado por Postone, Massey y Harvey, aunque sin integrar la teoría del valor como crítica integral de la sociedad.↩︎
Scholz (2016) analiza esta problemática a partir del trabajo doméstico y las labores de cuidado con su teoría de la escisión del valor; Moore (2015) lo hace desde su teoría de los cuatro baratos.↩︎
La globalización, concebida como una forma concreta e histórica posibilitada por una determinada forma abstracta del capital –también identificada por algunos como neoliberalismo, hipermodernidad, etc.–, no solo redefine la soberanía estatal y el mercado, como ha sido ampliamente explorado, sino que también, siguiendo a Tomba y Vertova (2014), transforma las nociones de espacio y tiempo a través del control absoluto sobre el tiempo de trabajo y la vida cotidiana, producción y reproducción, respectivamente (p. 8): el espacio se presenta y configura con una fisionomía capitalista.↩︎

2.1. Socialización y mercado mundial
Marx afirma que los individuos, por necesidad social en la sociedad burguesa, están constreñidos a transformar su producto o actividad (trabajo asalariado) en valor de cambio (dinero), puesto que, por medio de la metamorfosis del producto o actividad, manifiestan su poder social que, en otras palabras, es la condición de la socialización del individuo en sociedad, cuya representación categorial es M-D-M. La forma de producción social basada en el capital “pesa sobre los individuos como una fatalidad” y “no está subordinada a los individuos y controlada por ellos como un patrimonio común” (2007, p. 86).
En efecto, esta subordinación al cambio no es irrelevante, pues supone consecuencias globales; por un lado, genera las condiciones para la subordinación al comercio mundial y, por otro, una independencia privada de los individuos respecto del mercado mundial (ibíd.). El mercado aquel espacio donde los bienes se presentan bajo la forma de mercancía va desde el mercado local, pasando por el nacional, hasta el mundial (Dussel, 2010, p. 353); tiene una existencia universal, particular y singular. El mercado mundial es el espacio universal y abstracto pero profundamente real al que tiende el capital espacial y temporalmente por sus propias determinaciones internas. La economía mercantil capitalista, al conectar y subsumir lo rural en lo urbano, inserta la existencia local en el escenario mundial y, al mismo tiempo, sitúa el escenario mundial en cada existencia local. De este modo, un espacio formalmente abstracto y universalizado, homogéneo y desigual7 y a la vez jerarquizado y fragmentado, constituye un vínculo social entre individuos recíprocamente indiferentes, cuya necesidad social para la reproducción de la vida es la producción de un determinado tiempo de trabajo, como objetivación del trabajo social.
Mientras el mercado mundial incrementa su autonomización con el desarrollo de las relaciones basadas en el valor de cambio, los individuos modernos acrecientan su conexión con la producción y el consumo, y su dependencia de estos (Marx, 2007, p. 88). En ese sentido, el mercado es más que la forma en que se lo presenta en la epistemología marginalista y neoclásica (interacción entre individuos racionales y conscientes); más bien, constituye una relación alienada donde el valor de uso se encuentra atrapado en la objetividad abstracta del valor y el trabajo deviene indiferente de sus contenidos (Bidet, 2007, p. 84). El mercado mundial es la totalidad social donde la dominación del capital universalmente extendido articula el nexo del individuo con la sociedad burguesa y de la propia sociedad con el nexo social con base en el valor (Marx, 2007, p. 89). La producción social y todas las determinaciones y contradicciones están puestas como una totalidad en el mercado mundial, el cual “constituye a la vez que el supuesto, el soporte del conjunto” (p. 163).
En los Grundrisse, Marx sostiene que con la generalización de la forma mercancía el individuo moderno se halla en una condición de dependencia y conexión en el mercado porque los productos del trabajo solo están terminados una vez que estos se encuentran prestos al intercambio. Es decir, el proceso de socialización subsume las relaciones sociales a vínculos entre objetivaciones de valor expresadas en las formas sociales. En efecto, el valor transita de una forma a otra (producto, mercancía, dinero) o de una fase del proceso cíclico del capital a otra (dinerario, productivo, mercancía) (tomo II de El capital)8; esta metamorfosis corresponde a las determinaciones espacio-temporales del capital y es parte de su proceso esencial:
En este pasaje, el movimiento expresado en la metamorfosis del valor es la condición fundamental de la moderna forma de producción de mercancías, basada en el capital, cuya universalidad integra los diversos procesos particulares y singulares de producción e intercambio. El capital –como una forma social dominante de una determinada producción– precisa una forma determinada de intercambio. Para la producción capitalista, la circulación es condición, ya que es la vía por medio de la cual el producto se transforma en dinero. En otras formas de producción, donde los bienes no son generalizadamente mercancías, solo se intercambian los productos excedentes; en cambio, una especificidad del capital en la modernidad es la universalización9 de la forma mercancía de los bienes y con ello del mercado (2007, p. 25).
El capital en cuanto producción fundada en el trabajo asalariado presupone la circulación como condición y elemento necesario de todo el movimiento. Este movimiento del producto forma parte de los costos de producción y se encuentra en relación con la producción y expansión del mercado y con la realización del intercambio mercantil que encuentra su manifestación en la circulación monetaria.
En los Grundrisse, el capital es el sujeto del modo de producción capitalista, de la sociedad burguesa y de los procesos de modernización gracias a su condición “civilizatoria” como mercado mundial. En este sentido, la realización del producto en mercancía resulta fundamental. El capital precisa de la circulación porque se reinicia constantemente en ella: por un lado, porque esto corresponde al movimiento físico de los productos que, como tal, forma parte del proceso inmanente de la producción en general y, por otro lado, porque es su modo de reproducción básico. A esto Marx lo llama perpetuum mobile:
El movimiento (ver parte 1) es la condición de existencia del capital; impulsa la expansión de las relaciones capitalistas, sus mediaciones y sus formas de socialización. Mediante la expresión perpetuum mobile se agregan dos características fundamentales del capital: en primer lugar, el movimiento interno del D-M-D’ no es solo un movimiento externo (en el espacio absoluto), sino también un proceso de reproducción (en el espacio relativo y relacional) de su propia función. En segundo lugar, el tiempo (social, abstracto y formal), manifestado en la aceleración o lentitud del movimiento del capital, se presenta como un momento inmanente.
Ambos aspectos nos revelan características tanto temporales como espaciales del capital moderno. Cabe señalar que Marx no siempre enfatizó de la misma manera el espacio y el tiempo; asimismo, no distinguió tempranamente el papel del capital y de los capitalistas como clase en este proceso, en tanto fuerzas inherentes al capital. En la crítica de la economía política, las nociones espaciales tienden a ser conceptuales y no categoriales, mientras que las nociones temporales son más categoriales que conceptuales. Las determinaciones espaciales en el Manifiesto comunista, por ejemplo, son implícitamente conceptuales y se refieren a la caracterización, expansión y unificación global del mercado, así como a la tendencia de la burguesía a romper las diferencias empíricas y barreras geográficas. Mientras que en el Manifiesto el movimiento de la burguesía como clase se presenta como esencialmente espacial, en los Grundrisse se subraya la dinámica interna del capital, que arrastra consigo la tendencia “civilizatoria” hacia la universalización del intercambio y la generalización de los bienes como mercancías.
Esto es importante, ya que la conceptualización del capital implica proposiciones (acciones, estados, procesos y propiedades) que se pueden afirmar en relación con la valorización del valor como sujeto automático, el cual, como hemos visto, constituye la vida moderna. Una de estas proposiciones definitorias es su naturaleza contradictoria:
La contradicción es operativa, es decir, funciona poniendo y superando las barreras que se presentan como sus propios límites. El capital se mueve perpetuamente en la contradicción como su rasgo esencial; sin embargo, esta propiedad no podría ser completamente comprendida sino se interpreta la barrera y su carácter, como estrictamente social. El capital moderno tiende a subsumir las cosas convirtiéndolas en cosas abstractas, las que espacializa concretamente en la producción y en la circulación, en las fábricas o en la logística; ya sea al localizar o al deslocalizar, el capital productivo y las relaciones de circulación espacializan urbanizando territorios y, a la vez, destruyendo todo obstáculo natural (variedad y diferencia empírica) o social (por ejemplo, trabajo doméstico) al desarrollo de las fuerzas productivas, para luego superarlos.
Ya que la tendencia de la producción subordinada al capital precisa cada vez menos del valor, pero el fundamento de su tendencia se encuentra en la valorización, es decir, en la necesidad de la producción y del intercambio capitalista, las condiciones espaciales (físicas, en el sentido de expansivo, absoluto, relativo y relacional) y temporales (en términos de la magnitud del valor como vía de socialización) se vuelven relevantes. Un aspecto ilustrativo de este problema se presenta cuando Marx aborda, como veremos a continuación, el problema de los medios de comunicación y transporte como momentos constituyentes de la arquitectura de la circulación: “el proceso esencial del capital” (Marx, 1972, p. 25).