INTRODUCCIÓN
La violencia sexual contra menores es un fenómeno masivo en Francia (Bajos y Bozon, 2008; Debauche et al., 2017), como en muchos países (Barth et al., 2013). Durante décadas, las asociaciones feministas y los profesionales que trabajan en el ámbito de la primera infancia han sido capaces de interpelar los poderes públicos acerca de esta violencia y sus consecuencias, a menudo desastrosas, para los que la sufren, y de la falta de políticas específicas para atender a las personas afectadas y prevenir estas situaciones (Boussaguet, 2008).
Desde mediados de la década de 1980, los casos de violencia sexual, en los que están implicados representantes religiosos, son cada vez más conocidos. Esta creciente cobertura de los medios de comunicación se ha centrado principalmente en los abusos sexuales a niños pequeños dentro de la Iglesia Católica Romana (en lo que sigue, Iglesia) y su encubrimiento por parte de su jerarquía (Ambroise-Rendu, 2003; Cheit et al., 2010; Conway, 2014; Kenny, 2016). Con el movimiento #Metoo, esta cobertura mediática se amplió en la década de 2020 para incluir a las religiosas (Tricou, 2019; Vilanova, 2020).
En este contexto, varios países han creado comisiones de investigación (a iniciativa del Estado o de la propia Conferencia episcopal) para caracterizar el fenómeno y evaluar su magnitud (Dressing et al., 2017). La Iglesia católica francesa, ya afectada por un profundo movimiento de secularización interna y externa (Hervieu-Léger, 2003), parece negarse a reconocer el carácter sistémico de las violencias sexuales y sexistas cometidas en su seno. También se expresa en cuestiones de moral sexual y familiar, e incluso en la protección de los niños en peligro, como hemos visto durante los debates referentes a la apertura del matrimonio a las parejas del mismo sexo en Francia en 2013 (Stambolis-Ruhstorfer y Tricou, 2017).
No fue hasta la década de 2010 cuando la balanza de poder entre la institución y las víctimas se inclinó. La creación del colectivo La Parole Libérée en 2015 en Lyon, que es el origen de las revelaciones de la violencia sexual cometida por el padre Bernard Preynat, y sobre todo de las pocas medidas tomadas por las autoridades eclesiásticas en relación con él (de Gaulmyn, 2016), parece ser un punto de inflexión para muchas víctimas. A raíz de creación de La Parole Libérée, muchas personas hablaron de las agresiones sexuales o el acoso que habían sufrido a manos de miembros del clero católico. Se crearon colectivos similares, multiplicando los vínculos entre las personas que se identifican como víctimas y facilitando las denuncias colectivas contra sus agresores. En 2018, esta movilización llevó al Parlamento a retomar el tema. Un grupo de senadores, a raíz de una petición lanzada por la revista católica progresista Témoignage Chrétien, pidió la creación de una comisión parlamentaria de investigación centrada en los hechos cometidos en el seno de la Iglesia.
Finalmente, esta comisión se transformó en una misión de información acerca de la prevención de la pedocriminalidad en las instituciones para niños. Pero bajo presión, la propia Iglesia se hizo cargo del mecanismo creando su propia comisión de investigación: la CIASE (Comisión Independiente sobre Abusos Sexuales en la Iglesia). La CIASE pidió a una de sus miembros, Nathalie Bajos, socióloga del INSERM (el Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica francés), especialista en investigación de sexualidad y género, que establezca una investigación entre las personas que han sufrido este tipo de violencia. El equipo que ha realizado esta investigación estuvo compuesto por Julie Ancian y Josselin Tricou, sociólogos, y Axelle Valendru, experta en demografía (Bajos et al., 2021).
Esta investigación sociológica tuvo como objetivo caracterizar a la población que ha sufrido abusos por parte de miembros del clero católico (incluidos los religiosos y religiosas no sacerdotes) desde 1950 hasta la actualidad, y estudiar las lógicas sociales e institucionales que favorecen la emergencia de estas violencias y permiten explicar las reacciones de la Iglesia católica.
La violencia sexual abarca los actos de naturaleza sexual impuestos por una persona a otra. Este término incluye las relaciones sexuales forzadas y los intentos de relaciones sexuales forzadas, pero también tocamientos en las partes íntimas o los besos forzados, la exposición desnuda o el acoso sexual. A causa de que esta violencia sexual tiene lugar dentro de un marco relacional establecido, en el que una persona tiene una posición de poder, institucionalizado, sobre otra, abusa de este poder extendiéndolo al ámbito sexual, en este informe adoptamos el término abuso sexual cuando tratamos específicamente del marco relacional en el que se comete la violencia sexual.
LA VIOLENCIA SEXUAL CONTRA LOS MENORES EN LA IGLESIA: UN FENÓMENO MASIVO Y PERSISTENTE
Según nuestros datos, la violencia sexual perpetrada contra menores afecta al 14,6% de las mujeres y al 6,4% de los hombres en Francia. La gran mayoría de estos casos son cometidos por hombres (95,2% en el caso de los primeros abusos) y atraviesa todos los grupos sociales.
Nuestra investigación permite por primera vez en Francia comparar la prevalencia de esta violencia en función de los ámbitos de socialización, ya que hemos podido estimar el número de personas que se han socializado en diferentes entornos (Bajos y et al. 2022). La familia es el ámbito de socialización donde se produce la mayor parte de la violencia sexual contra menores. Las niñas se ven mucho más afectadas que los niños: el 5,8% de las mujeres entrevistadas en 2021 habían sido objeto de este tipo de violencia cuando eran menores de edad y el 1,5% de los hombres de la misma edad 1.
El segundo ámbito de socialización proporcionalmente más afectado por la violencia sexual contra menores es la Iglesia católica: el 1,2% de las personas que participaron en actividades relacionadas con la Iglesia cuando eran niños (escultismo católico, movimiento juvenil católico, catecismo, escuela católica o internado) declararon haber sufrido abusos antes de los 18 años por parte de una persona vinculada a la Iglesia (miembro del clero católico, personas que trabajan en escuelas o internados católicos, personas que participan en el catecismo); el 0,81% por parte de un sacerdote, un religioso o una religiosa. En total, podemos estimar que desde 1950 en Francia, 213.000 personas víctimas menores de violencia sexual cometida por clérigos católicos (en este sentido amplio).
Esta violencia en el seno de la Iglesia católica es proporcionalmente más frecuente que la que se produce en otros espacios de socialización, excluyendo a la familia y amigos, como es el sistema educativo nacional (0,32%), los clubes deportivos (0,26%) o las actividades culturales y artísticas (0,2%).
La violencia por parte de los miembros del clero es principalmente de género: la gran mayoría de los agresores son hombres, sacerdotes o religiosos (93,2%, en el caso de la primera agresión) , las religiosas son ultraminoritarias entre los abusadores sexuales. Pero esta violencia afecta en la gran mayoría de los casos a los niños preadolescentes, a diferencia de la violencia sexual en general, y en particular de la violencia sexual intrafamiliar, que afecta mayoritariamente a las niñas. Sin embargo, los miembros del clero también han abusado de niñas y adolescentes. Si los chicos sufren abusos sobre todo en la preadolescencia, las chicas son objeto de violencia sexual por parte del clero a cualquier edad.
Esta inversión de la proporción de sexos se debe en gran medida a un "efecto de oportunidad" (Holt y Massey, 2013) estructural ligado a un mayor acceso de los clérigos a los chicos que a las chicas en general, pero especialmente a los chicos preadolescentes (prepúberes o solo púberes) dentro de instituciones monosexuales como los colegios e internados católicos, los oratorios y otras obras educativas que no eran mixtas hasta hace poco, como los monaguillos, los scouts, etc. La reciente implementación de colegios católicos mixtos ha reducido este fenómeno. De hecho, solo el 10% de los actos de violencia ocurridos antes de 1970 implicaban a mujeres, frente al 29% entre 1970 y 1990, y finalmente el 34% después de 1990. Este aumento también puede estar relacionado con el aumento de denuncias en el contexto de los recientes movimientos sociales tales como MeToo.
Así, la violencia sexual no es un fenómeno exclusivo de los entornos eclesiásticos, ni en cuanto a la gravedad de las agresiones ni en cuanto a la prevalencia, sin embargo, las agresiones parecen extenderse más en el tiempo y existe una sobre-rrepresentación de una misma víctima agredida por agresores.
El aura sagrada del clérigo en los fieles, y la oportunidad que se le ofrece de ejercer un "estrecho dominio" (Memmi, 2008) de los niños, en muchas circunstancias sin control, sin duda juegan un papel en el peligro potencial para los abusados y el sentimiento de impunidad de los abusadores. Los datos de la encuesta nos permiten estimar que cada agresor dentro de la Iglesia ha abusado de una media de más de 30 personas.
Estas diferentes características sugieren que esta violencia es el resultado de una relación de poder institucionalizada y asimétrica que se ejerce en los menores en una situación de mayor dependencia que en otros espacios de convivencia, a excepción de la familia. Por último, los resultados muestran que el número de actos de violencia ha disminuido a lo largo de los años, debido a un descenso muy significativo del número de personas implicadas en actividades vinculadas a la Iglesia católica durante la infancia, pero también a la disminución del número de miembros del clero durante el periodo considerado y a la desaparición progresiva de los internados, en los que la prevalencia era alta. Sin embargo, en relación con la evolución del número de personas afectadas a lo largo del tiempo, esta disminución parece ser relativa y nuestros datos surgieren la persistencia de esta violencia.
UNA DIVERSIDAD DE LAS SITUACIONES Y UNA EVOLUCIÓN DE LAS LÓGICAS DE ABUSO
La Iglesia Católica Romana no es una entidad única y homogénea, ni en el tiempo histórico ni en el espacio geosocial sino que se conforma por un conjunto de instituciones con funciones sociales distintas y funcionamiento heterogéneas. Más allá de los factores estructurales y culturales que se aplican a toda la esfera de influencia católica, el objetivo de nuestro estudio fue comprender la diversidad de las situaciones de abuso en diferentes lugares eclesiales. Combinando análisis cuantitativos y cualitativos identificamos seis configuraciones típicas de abuso de menores que remiten a lógicas institucionales de construcción del poder clerical. Algunas de estas lógicas son muy antiguas y persisten hoy, otras han surgido en los últimos años. Cronológicamente, destacan las siguientes:
- el abuso parroquial encarnado por el párroco. Esta lógica está vinculada al poder conferido al párroco dentro de la "civilización parroquial" ( Lambert, 1985 ), es decir, el sistema multisecular establecido por la Iglesia para controlar el espacio católico y las prácticas cotidianas de los fieles mediante un sacerdote que es el líder, el centro y el mediador de la comunidad en un territorio determinado. Se ve favorecida por la ausencia de ofertas culturales y religiosas alternativas, especialmente en ciertas zonas rurales. Las víctimas de este tipo de abusos están sobrerrepresentadas entre las clases trabajadoras rurales. El tipo de abuso vinculado a esta lógica desapareció a principios de los años 70, cuando esta civilización parroquial acabó de derrumbarse en Francia;
- el abuso escolar encarnada por el maestro clérigo (iniciador, que tiene el conocimiento). Esta lógica corresponde a la decisión de la Iglesia, desde la Contrarreforma, de dirigir su acción pastoral hacia los jóvenes, en forma de escuelas e internados a partir del siglo XVIII ( Vincent, 1980 ) y de seminarios menores a partir del siglo XIX ( Launay, 2003 ). Los años 80 parecen marcar el final de este tipo de abusos en el corpus. La primera razón es, sin duda, estructural: la figura del sacerdote-maestro tiende a desaparecer en los años 60, debido a la escasez de ordenaciones sacerdotales, a la profesionalización de los profesores de las escuelas privadas, pero también a un cambio de estrategia de evangelización de los jóvenes: a partir de entonces, esta estrategia pasa menos por la imbricación de la instrucción y la vigilancia religiosa que por el acompañamiento espiritual de los jóvenes fuera del tiempo escolar. Una segunda razón está sin duda relacionada con los cambios en la forma de imponer el poder educativo. La revolución "expresionista" que penetró en la escuela a partir de los años 70, bajo el impulso de los movimientos pedagógicos y a petición de las clases medias, contribuyó ciertamente a reducir las posibilidades de abuso en la escuela: la valorización social de la expresión del niño hizo evolucionar un cierto número de prácticas pedagógicas y educativas, en particular la forma actual de la lección, que se volvió más dialógica que magistral, y la "vida escolar", más animada y menos disciplinaria. Con ello, sin duda ha contribuido a fomentar la capacidad de las víctimas para actuar y denunciar, reduciendo las posibilidades de los agresores de abusar sin que se les resista;
- el abuso educativo encarnado por el capellán o educador (iniciador que tiene sabiduría). Esta lógica corresponde a un reforzamiento de la pastoral juvenil, desde finales del siglo XIX y principios del XX, que toma la forma de "terceros lugares" educativos como las federaciones deportivas, los movimientos juveniles, los scouts, etc., donde el clérigo ejerce influencia y cierto poder de dirección. La prevalencia de este tipo de abusos se ha mantenido estable desde la década de 2000 en Francia;
- el abuso familiar encarnado en la figura del sacerdote como "amigo íntimo" de la familia y "tío adoptivo" de los niños. Esta lógica está ligada al desplazamiento familiar del campo de influencia de la Iglesia a finales del siglo XIX, con el desarrollo del familismo católico y la pastoral familiar como "célula de la Iglesia" a partir de la segunda mitad del siglo XIX, precisamente al momento que el Estado y la República le negaron la posibilidad de ejercer su magisterio en el ámbito político ( Hervieu-Léger, 1986 ) . Este es el tipo de abuso más frecuente desde la década de 2000.
Dos lógicas solo aparecen históricamente a partir de la "crisis católica" (Pelletier, 2005) de los años 1960-1970, en una situación de colapso social del poder sacerdotal:
- el abuso terapéutico, encarnado por el sacerdote-terapeuta. Esta lógica está ligada a la esperada renovación de sentido de un discurso "espiritual" que está perdiendo valor por medio del discurso psicológico que puede dar lugar a prácticas pastorales abusivas en especial con personas que se dicen "en búsqueda";
- el abuso profético, encarnado por un líder con el carisma profético de una "nueva comunidad". Esta lógica está ligada a la "conversión en secta" de ciertos sectores eclesiales, en el contexto del retroceso del catolicismo en la sociedad francesa. Si esta última lógica tiene vínculos con el poder ejercido por los superiores de las comunidades religiosas de los postulantes, los novicios o los jóvenes religiosos y religiosas, en este caso es la carga carismática de la autoridad personal del sacerdote la que está en el centro del mecanismo de abuso. Esta es la configuración contemporánea más problemática en términos de violencia sexual porque el cúmulo de legitimidades que confiere poder al sacerdote se encuentra con la vulnerabilidad de los adeptos, sometidos a un poderoso imperativo de adhesión y virtuosismo personal en una situación de minoría.
Además, tres dispositivos de control institucional refuerzan la figura de autoridad del clérigo, garantizan su circulación entre las diferentes lógicas mencionadas anteriormente y refuerzan sus posibilidades de ser obedecido por la persona agredida:
- el dispositivo sacramental: vinculado a la sacralización de la persona del sacerdote y a la instrumentalización de los ritos sagrados que este puede tergiversar fácilmente en su propio beneficio porque son ritos a los que los fieles solo pueden acceder por medio de él, en la medida en que es: "el agente de un cuerpo sacerdotal que detenta el monopolio del manejo legítimo de los bienes de salvación y que delega en sus miembros, tengan o no carisma, el derecho a manejar lo sagrado"( Bourdieu, 1989 );
- el dispositivo vocacional movilizado por los clérigos abusivos se basa en el principio vocacional (del latín vocare: llamar) o electoral que está en el corazón del discurso espiritual católico y de la práctica pastoral. Es particularmente activado en el contexto del reclutamiento clerical, donde el potencial de dominación no visible se multiplica, como lo atestiguan las violencias sexuales en serie cometidas por el guía espiritual contra seminaristas menores o contra chicas piadosas;
- el dispositivo caritativo corresponde a la negación instituida del poder clerical bajo la apariencia de un servicio caritativo destinado principalmente a los más "frágiles": "pobres", mujeres, niños, "discapacitados", "presos", etc. Este tercer dispositivo de control transversal es movilizado por los clérigos abusivos o por su jerarquía, especialmente para evitar el escándalo en nombre de la "razón de la Iglesia ", se basa en el principio de la caridad ( Lalo y Tricou, 2020 ).
Así, entre las violencias sexuales perpetradas por el párroco durante una actividad parroquial, por el sacerdote como responsable de un internado escolar, o por el sacerdote como "amigo íntimo" de la familia, las lógicas de poder y los dispositivos de control movilizados son muy diversos, no afectan a las mismas personas en términos de género, edad y clase social, configuran exactamente el mismo tipo de abuso en cuanto a los tipos de actos cometidos, su repetición y la duración de los abusos, pero también en cuanto a las justificaciones dadas, aunque los tres dispositivos de control descritos anteriormente sean transversales.
Estas lógicas de abuso también están históricamente situadas. Pueden aparecer o desaparecer con el tiempo y con la reconfiguración del sistema eclesial en la sociedad francesa durante el periodo estudiado. Por ejemplo, la desaparición de los seminarios menores, la reducción de los internados católicos no mixtos y la desaparición de los sacerdotes que impartían clases en las escuelas secundarias durante la década de los setenta condujeron mecánicamente a un fuerte descenso de los abusos en medio escolar. Asimismo, la aparición de nuevas comunidades, centradas en una figura carismática capaces de contrarrestar la pérdida de notabilidad del clero, y utópicas en respuesta a la rutinización de la civilización parroquial, hizo que surgiera un nuevo tipo de abuso, con motivaciones muy diferentes.
Por todo ello, todas estas lógicas institucionales parecen estar sobre determinadas por relaciones sociales de edad y, sobre todo, de género. En este sentido, a pesar de sus especificidades, la violencia sexual contra los menores en el seno de la Iglesia católica es, en efecto, una violencia de género, configurada por la estructura organizativa patriarcal de la Iglesia, que otorga todo el poder a aquellos, y solo a aquellos, que reconoce como "padres", sin ningún contrapoder efectivo.
EL CALVARIO DE LA DENUNCIA
Nadie es víctima, pero llega a serlo, tomando prestada la famosa expresión de Simone de Beauvoir. Reconocerse y ser reconocido como víctima por la sociedad depende en parte de las condiciones sociohistóricas más o menos favorables a este reconocimiento (que se han especificado en la introducción de este artículo), de las circunstancias de la violencia y de las posiciones que ocupan las personas afectadas en el espacio social. Pero, el hecho es que los factores históricos, sociales y estructurales solo se expresan en el fondo de las trayectorias progresivas e individualizadas. Por tanto, al analizar estas "trayectorias de victimización", es importante considerar conjuntamente estas dos dimensiones, la procesal y la estructural.
Estas trayectorias de victimización se construyen, por lo general, mediante una sucesión de intentos de constatar y denunciar las agresiones sufridas, ya sean inmediatas o posteriores, y por medio de las diversas reacciones de los implicados.
Casi una de cada dos personas contó a un tercero la violencia que había sufrido. Estos resultados contrastan fuertemente con la oscuridad social y política en la que está envuelta dicha violencia.
Sin embargo, nuestra investigación muestra que denunciar es, en la mayoría de los casos, un calvario para los maltratados. Los factores que más explican por qué las personas hablan inmediatamente después del suceso están relacionados con el sexo del encuestado (las chicas hablan más que los chicos), la edad a la que se produjo la primera violencia (los niños y los jóvenes adultos hablan más que los adolescentes) y la función del agresor (las personas agredidas hablan menos cuando su maltratador es un capellán o un trabajador juvenil que cuando es otro clérigo). En cuanto a la denuncia de la violencia sufrida en general (en el momento o después), es más frecuente cuando la violencia ha durado más tiempo y cuando los hechos son más recientes.
Hablar inmediatamente aumenta las posibilidades de reacción de todas las partes implicadas: la madre, el padre o un representante de la Iglesia. El hecho de que hablar más tarde genere menos reacciones de todas las partes se debe probable-mente a que la motivación para actuar disminuye con el tiempo, debido a la prescripción legal y a la potencial muerte del agresor. Pero sobre todo, la gestión de las situaciones de abuso reveladas está condicionada por el género: la palabra de los niños que han sufrido abusos en la infancia es mejor recibida y conduce a una mayor reacción de la parte de los padres que la de las niñas. Los relatos del abuso subidos por niñas suelen ser minimizados por la familia, especialmente por las madres. Esta menor respuesta materna hacia las hijas violentadas se debe probablemente, en parte, a que las mujeres han interiorizado la posibilidad de la violencia de género como algo inevitable, incluso normal. Este mecanismo perpetuando por las mujeres la normalización de las violencias contra ellas, lo hemos nombrado —sobre el modelo del concepto de "trampa de la pobreza"— trampa del género.
Además de evidenciar los principales efectos estructurales que conforman la trayectoria de victimización de nuestros encuestados, también examinamos su "condición de víctima", es decir, su propia relación íntima con esta identificación como víctima y con el reconocimiento de esta condición por los demás durante y al final de su trayectoria. Si la condición de víctima sigue siendo vacilante, es porque, incluso cuando han denunciado la violencia que han sufrido a su familia, a la Iglesia o a la justicia civil, la afirmación de las personas maltratadas como víctimas tropieza constantemente con un cierto número de disonancias sociocognitivas que socavan su relación subjetiva con su propia "condición de víctima". Entre ellas, la imposibilidad o el rechazo de reducir su propia identidad y su trayectoria vital al trauma que supone la violencia sufrida; la vergüenza por la incapacidad de expresar el rechazo en su momento —sobre todo en el caso de las mujeres— o de haber experimentado placer —sobre todo en el caso de los hombres que fueron maltratados de niños—; los conflictos de lealtad familiar que supone revelar la violencia sufrida; y, por último, las dificultades para encontrar la forma adecuada de dirigirse a una institución a la que algunas personas maltratadas siguen estando muy apegadas. Estas disonancias sociocognitivas se refieren a tensiones normativas. Aunque sean formuladas por las propias personas maltratadas, sus efectos están presentes en el corazón de la experiencia de los encuestados y son decisivos para comprender mejor la permanente vacilación de las personas maltratadas a la hora de autodenominarse víctimas, tanto frente a sí mismas como frente a los demás. En consecuencia, la condición de víctima de violencia sexual tiende a asemejarse a la experiencia de las personas marcadas por un "estigma invisible" (Goffman, 1975), es decir, cualquier declaración que haga puede representar un riesgo de ser estigmatizada, a pesar del aumento de la reprobación social de la violencia sexual.
UNA INSTITUCIÓN QUE LUCHA POR SUPERAR SU PASIVIDAD
Los cleros rara vez han sido denunciados o sancionados tras los actos de violencia sexual por su institución. Menos del 5% de las personas maltratadas declaran haber hablado con alguien de la Iglesia católica. Los datos del "Llamado a testimonio" y de las entrevistas con los agredidos muestran que la institución no reacciona mucho a estas denuncias: la Iglesia solo da curso a las solicitudes que recibe en el 10% de los casos, aunque cuanto más reciente es el maltrato, la Iglesia ofrece una respuesta más eficaz a quienes revelan la violencia. Las denuncias son más frecuentes cuando es una autoridad eclesial la que es cuestionada y no un simple clérigo. Por otra parte, la Iglesia responde más cuando el abusador denunciado es un párroco o un clérigo docente que cuando es un capellán del movimiento o un religioso. Las entrevistas sugieren que existe una mayor indiferencia respecto de las denuncias de las mujeres adolescentes o jóvenes que hacia los hombres que son niños o preadolescentes. ¿Se trata de una actualización de un miedo u odio de la mujer, necesariamente una "tentadora", inculcada durante mucho tiempo en los seminarios y noviciados religiosos? Observamos que los actuales miembros del clero que sufrieron abusos cuando eran niños obtienen el mejor índice de respuesta efectiva por parte de la institución. Por tanto, los clérigos son los más escuchados por los clérigos. Esto demuestra el grado de encierro de la institución clerical y la intensidad de su lógica obsidional ante la palabra de los seglares. Por último, observamos que la Iglesia reacciona más cuando la víctima ya ha iniciado un recurso judicial en la justicia penal o civil.
Lo cierto es que la relación de la institución con las víctimas ha cambiado en los últimos años. Mientras que hasta hace poco se desacreditaba a las personas maltratadas porque se las consideraba agitadoras, algunos líderes eclesiásticos ahora las llaman a luchar contra este tipo de violencia dentro de la Iglesia. Algunas personas víctimas se encuentran ahora en una posición importante en el organigrama de la Iglesia y en posiciones estratégicas en términos de testimonio, prevención y formación dentro de la institución, particularmente con los futuros sacerdotes. A menudo se trata de que estas personas soporten la carga emocional de los fieles y clérigos desorientados o molestos por las revelaciones de violencia sexual en sus filas. Es como si las "víctimas" fueran "nuevos profetas", como si tuvieran que reparar la institución que facilitó sus agresiones y encubrió a sus agresores, además de ayudarse a sí mismos. La identificación con la figura de la víctima implica un trabajo real, un trabajo emocional sobre uno mismo y sus seres queridos, un trabajo normativo respecto de la institución y las mentalidades. Y estas diferentes formas de trabajo no están exentas de consecuencias en términos de inversión personal y salud.
VIDAS AL REVÉS
Durante mucho tiempo se han minimizado las consecuencias sanitarias y sociales de la violencia sexual sufrida durante la infancia. Adoptando una perspectiva sociológica, hemos optado por considerar las situaciones de abuso sexual de menores como "rupturas biográficas" más o menos brutales dentro de las trayectorias individuales. Los análisis confirman que esta violencia suele perturbar todas las esferas de la vida, emocional, sexual, social y profesional. Sin embargo, la violencia sexual afecta especialmente al aprendizaje de la sexualidad. Comprometido en la Iglesia católica, también tiene efectos específicos en términos de desafiliación religiosa.
Así, diferentes dimensiones de la afectividad y la sexualidad pueden haber sido perturbadas por el abuso en términos de normas sociales y expectativas en estas áreas. La cuestión de las emociones y los sentimientos experimentados durante cualquier acto sexual o la implicación emocional después del abuso es importante, ya que pueden ser recuerdos dolorosos de experiencias pasadas. La moral sexual promovida por la sociedad o la Iglesia católica también puede parecer que no está en sintonía con lo que se vivió durante el abuso. Para muchas personas maltratadas, es necesario aprender a gestionar la disociación entre la sexualidad y el amor que el abuso puede haber inducido, mientras que estas dos dimensiones están inextricablemente unidas en la moral sexual católica, a menos que se esté pecando "contra la castidad", y tal asociación haya sido profundamente interiorizada durante su socialización sexual primaria. Por tanto, la violencia requiere una forma de resocialización sexual para ajustarse o enfrentarse a ella: las personas maltratadas aprenden entonces a lidiar con los gustos y disgustos sexuales provocados por la violencia. En las parejas heterosexuales estos problemas parecen redoblarse en el caso de las mujeres, debido a los mandatos del "deber conyugal". En el caso de los hombres laicos que sufrieron abusos cuando eran menores y que ahora son bisexuales u homosexuales (ninguna de las mujeres dijo ser bisexual u homosexual durante la entrevista), los abusos a menudo les hicieron difícil aceptar sus preferencias sexuales, especialmente en un contexto católico heteronormativo y homófobo. En cuanto a la desidentificación religiosa, parece que atañe al 25% de las personas maltrata-das por un clérigo en la encuesta de la población general. Esta desidentificación debe considerarse en el contexto más amplio de la "descatolización" masiva de la sociedad francesa. El descenso del número de católicos declarados es constante desde hace treinta años. La vara simbólica de la mitad de la población que se declara no católica se alcanzó a principios del siglo XX. En 1981, el 70% de los franceses aún se declaraba católico, frente al 53% en 1999 y solo el 42% en 2008 (Béraud et al., 2012). Por tanto, es difícil evaluar el peso del abuso en esta desidentificación entre las víctimas. Más allá de la desidentificación con el catolicismo, los abusos tienen consecuencias en términos de desvinculación y pérdida de confianza en la propia institución, incluso entre aquellos que todavía se consideran católicos o cristianos. Entre los que respondieron al llamado a testimonio —entre los que hay una sobrerrepresentación de personas cercanas a la institución— solo una cuarta parte considera que los sacerdotes o religiosos son dignos de confianza. La gran mayoría no confía en la gestión de los abusos por parte de la Iglesia católica. Además, solo el 21% de los abusados cree que la Iglesia toma las medidas necesarias para proteger a los fieles de la violencia sexual. Por tanto, es comprensible que busquen ayuda en otra parte.
Mientras que tres cuartas partes de los entrevistados afirmaron que la violencia que habían sufrido había perturbado su vida, ya fuera sexual, emocional o profesionalmente, menos de una de cada dos había recibido ayuda efectiva de un especialista. El recurso a la ayuda está condicionado por el género: las mujeres son más propensas a buscar ayuda que los hombres. Las personas violadas también son más propensas a buscar ayuda. No obstante, este recurso a la ayuda externa parece haber aumentado de forma constante durante el periodo estudiado, y las prácticas de los hombres tienden a equipararse a las de las mujeres, sobre todo en lo que respecta al recurso a la atención médica y psicológica. Entre las ayudas, las terapias parecen ser esenciales para aquellos que han tenido acceso a ellas. Sin embargo, estas terapias son costosas. Los encuestados esperan que la Iglesia católica ofrezca algo más que una atención simbólica.
CONCLUSIÓN
Los principales aspectos revelados por nuestra investigación son los siguientes:
• Nunca antes se había estimado la prevalencia de la violencia sexual cometida por miembros del clero (sacerdotes, religiosos, diáconos). Nuestros resultados demuestran la amplitud del fenómeno (cerca de 220.000 personas abusadas por un miembro del clero en Francia entre 1950 y 2020) y su actualidad. Aunque el número de abusos disminuye con el tiempo, así como el número de sacerdotes y religiosos en Francia, esta disminución es de hecho solo relativa y están lejos de haber desaparecido.
• La violencia sexual no se limita a los niños/adolescentes, ya que una de cada cinco personas abusadas es una niña. También en cuanto a la edad, la violencia contra los menores no debe obliterar la que se comete contra los adultos jóvenes o las personas mayores. Este aspecto no ha sido suficientemente considerado hasta la fecha, sobre todo en el caso de las personas que viven en comunidades religiosas, a las que es difícil acceder.
• Al igual que en el caso de la violencia denunciada en la población general, nuestro estudio confirma que la violencia sexual cometida en el ámbito católico afecta a todos los estratos sociales: hay muy pocas diferencias según la profesión del padre cuando la persona tenía 15 años, tanto en el caso de las mujeres como en el de los hombres. La violencia sexual también es cometida en más del 95% de los casos por un hombre. El tipo de actos de violencia sexual es similar, constituyendo un tercio de ellos delitos (violación o intento de violación) en la población general como en el ámbito religioso católico.
Mientras que las jóvenes están más expuestas a la violencia sexual en el contexto familiar, se observa lo contrario en el ámbito religioso, donde la violencia sexual afecta más a los varones preadolescentes. La inversión de la proporción de sexos entre las víctimas se explica en gran medida por el hecho de que la violencia sexual se cometió principalmente dentro de instituciones educativas monosexuales y a menudo cerradas. El hecho de que las niñas se vean más afectadas en un contexto mixto, como en las parroquias o en las familias, y que la proporción de víctimas femeninas haya aumentado en los últimos años, atestigua un "efecto de oportunidad" cada vez menos eficaz.
El hecho de que los actos de violencia cometidos en el seno de la Iglesia católica se repitan con mayor frecuencia evidencia, en primer lugar, una relación de poder muy asimétrica y sin contrapesos entre los clérigos abusadores y los abusados, la que se ejerce de forma firme y permanente.
Además, los abusados por un clérigo fueron más a menudo agredidos por varios abusadores, que los abusados fuera de la Iglesia católica, sin duda ello se relaciona con la forma de autoridad indiscutida e indiscutible que encarnan los numerosos clérigos que los jóvenes conocerán en estos entornos eclesiásticos variados.
• En lo que respecta a denunciar, nuestra investigación subraya que no es tan raro como podría pensarse, y que la denuncia aumenta regularmente a lo largo del tiempo pero que sigue estando fuertemente condicionada por el género. El silencio, que a menudo se denuncia concierne, de hecho, principalmente a los padres de los menores y a Iglesia católica, que ha desarrollado procedimientos para ocultar la violencia y proteger a los maltratadores. Los niños y jóvenes revelan más el abuso a las madres que a los padres, pero es menos probable que las madres denuncien la violencia contra sus hijas que contra sus hijos. Más que "¿por qué no hablaron los que sufrieron abusos?", la pregunta debería ser "¿por qué no hicieron algo los que sabían?".
• Nuestra investigación confirma lo que muchos estudios en el ámbito de la psicotraumatología han demostrado (Green, 1993), es decir, que las consecuencias de estas situaciones de violencia y abuso sexual son muy importantes en la vida de las personas y sobre todo multidimensionales, ya que afectan a la vida emocional y sexual, a la vida social, a la vida profesional, así como a la salud física y mental.
• Por último, nuestros datos muestran que los recursos (ayuda psicológica, ayuda jurídica, ayuda asociativa, ayuda económica) de que disponen las personas maltratadas para denunciar, recibir tratamiento u obtener reparación son en gran medida insuficientes.
En conclusión, los resultados de esta investigación muestran que las situaciones de abuso sexual se refieren a una violencia de carácter sistémico mucho más que a la "mala conducta individual". Por tanto, esta no puede reducirse a la expresión de trastornos psicológicos de unos pocos miembros del clero, ni puede resolverse simplemente con una adecuada selección y formación de los candidatos al sacerdocio o a la vida religiosa. Las lógicas sociales e institucionales que favorecen la ocurrencia de esta violencia y su encubrimiento se basa en los principios mismos y en el funcionamiento de la institución eclesial, ya sea que se trate del carácter sagrado del sacerdocio o de un poder monopolizado por hombres a los que se les llama "padres".
La sacralidad del clérigo y de la institución que representa, su monopolio en la distribución de los sacramentos, justificado por "una diferencia esencial y no solo de grado 5 " entre él y los fieles, aseguran su dominio y su impunidad en caso de mala conducta. En efecto, esta autoridad sagrada permite aumentar la obediencia del otro, pero ella no es suficiente para explicar la emergencia de la violencia. Los clérigos suelen ocupar puestos de poder que legitiman y refuerzan esta autoridad sagrada, especialmente por medio de tareas educativas (como profesor, director de un campamento de verano, etc.), de consejo espiritual o de dirección de la comunidad. La autoridad sagrada puede transformarse en una relación jerárquica de poder entre un clérigo y su "víctima" precisamente porque está respaldada por el poder con el que los clérigos están institucionalmente investidos y esto se ve redoblada por el poder que les confiere la dominación masculina.
La violencia sexual ejercida en el seno de la Iglesia por los "hombres sagrados" (Bobineau et al., 2017) en los niños y en las mujeres adultas en situación de vulnerabilidad institucionalizada, rompe la regla que han hecho suya, la del sacrificio de la sexualidad. Pero al clérigo abusador parece que se le perdona su "mala conducta" en nombre de unas supuestas necesidades sexuales masculinas irreprimibles (Bajos et al., 2008) que no tiene derecho a satisfacer. La Iglesia católica es a este respecto —como la familia— un observatorio privilegiado de la dominación masculina, y más precisamente de la dominación patriarcal, ya que esta se ejerce en nombre de una determinada paternidad (Lalo y Tricou, 2020). Sus efectos parecen exacerbados, sobre todo porque la prohibición de la sexualidad de los sacerdotes se hace eco de una forma de demonización de la sexualidad de las mujeres, y se basa en el silenciamiento de la homosexualidad dentro del clero (Tricou, 2021). La Iglesia es una de las últimas instituciones del mundo que sigue reivindicando abiertamente esa dominación y la inscribe en su cultura y sus estructuras. Mientras se niegue a abandonar el monopolio masculino del poder y su metaforización paternal que, por muy simbólica que sea, tiene efectos reales si no se controla el riesgo de violencia sexual por parte de los clérigos seguirá existiendo.