INTRODUCCIÓN
La cita bíblica que encabeza este artículo, está tomada del libro del Génesis. La tradición que contiene ese libro, nutre a las llamadas "religiones abrahámicas", a saber, judaísmo, cristianismo e isla-mismo. Estas religiones se asientan en la experiencia religiosa atribuida a Abraham. Tan solo una decena de capítulos son los que contienen su historia, que llega al punto más alto cuando lo vemos dispuesto a sacrificar a su hijo, Isaac. El imaginario social religioso cristiano 1 ha transmitido por medio de los discursos asociados al personaje de Abraham, que la disposición que este tuvo de sacrificar a su hijo, es manifestación de su irrestricta fe expresada en la obediencia. La Iglesia ha validado la interpretación de este pasaje como un acto sacrificial ordenado por Dios, lo que le impide a Abraham resistirse u oponerse. Esa interpretación no emerge de un dogma en particular o del propio texto, pero se ha instalado gracias a los discursos e interpretaciones revestidas de un carácter oficial, que gravitan de modo particular —mas no exclusivamente— en el imaginario católico. Como señala el sociólogo Manuel Antonio Baeza (1999), en América Latina los imaginarios religiosos, en especial en sectores sociales populares, son capaces de influir con mucha fuerza en las maneras de pensar y, sobre todo, de decidir y orientar las acciones individuales y sociales (p. 69).
Este artículo pretende aproximarse al impacto que provocan esos discursos que circulan en la Iglesia y cómo estos determinan las creencias asociadas a un patrón de sometimiento, que viene dado no solo por la interpretación que fija la institución, sino también por las figuras que instala como paradigma, principalmente la figura del sacerdote como hombre elegido por la divinidad. El ejemplo de Abraham permite la construcción de un referente dentro del mundo religioso: el del creyente irrestricto, capaz de todo, el patriarca elegido. Las virtudes asociadas vienen a invisibilizar la posición de subyugación de Isaac, quien representa en esta reflexión el lugar de la víctima que resiente el impacto de las creencias. Ese impacto se traduce en fortalecimiento de espacios de sometimiento, asimetría y, posteriormente, impunidad. Isaac es el adolescente que no piensa que su padre se vuelva en su contra 2.
Sin embargo, una interpretación actualizada del libro del Génesis y más atenta a la lengua de origen del texto, apunta hacia otro horizonte. Para el biblista Mike van Treek, el pasaje del sacrificio de Isaac, como señala en su video "Una relectura del Génesis. Primera sesión", guarda relación con la idea de propiedad, posesividad e independencia. La historia o el ciclo de Abraham se entrelaza literaria y teológicamente con la idea de ser carne única. Van Treek sigue la línea del teólogo belga André Wénin (1999), quien señala que la teología del Génesis habla de la individualidad (ser carne única), del problema existencial del sometimiento y cómo el ser humano puede ir desatándose, liberándose de aquello que impide la salida de la casa del padre. Así desde Eva, que sale de la carne animada de Adán, hasta Isaac, que sale de la carne anciana de Abraham.
En relación con el sacrificio de Isaac, van Treek señala que se trata de una prueba que Abraham interpreta como una orden dada por Dios, pero con una ambigüedad de por medio. De hecho, según van Treek (2021) 3, la traducción literal del texto hebreo es: toma, te pido, tu hijo, tu único, aquel que amas, Isaac, y anda, vete a la tierra de Moriah y súbelo allí para un sacrificio sobre una montaña que te diré a ti. Ciertamente, en ninguna parte se dice explícitamente que Isaac debe ser sacrificado. Por tanto, lo que está en juego es dejar de considerar a Isaac como propiedad. Abraham interpretó que la divinidad exigía la vida de su hijo. De algún modo, pareciera que Abraham comprendió que Isaac no le pertenece. No obstante, esta interpretación no hace parte del discurso que gravita en el imaginario religioso católico; antes bien, la idea sacrificial y la interpretación de un patriarca elegido, sometido a la voluntad caprichosa de su divinidad y dispuesto a todo, adquiere mayor fuerza que lo anteriormente señalado.
LAS CREENCIAS RELIGIOSAS COMO FACILITADOR DEL ABUSO
Se puede suponer, entonces, que las creencias actúan como dispositivos de doble impacto: por una parte, facilitan la aparición de escenarios delictivos y a la vez, impiden que esos actos perpetrados por miembros activos de la Iglesia Católica sean vistos como crímenes y violaciones sistemáticas a los derechos humanos 4. Los crímenes del clero, gracias a los discursos que intervienen en las creencias, generan una disposición particular frente a los hechos, interpretando aquello que es un delito, como una prueba, un pecado, o debilidad por parte de un miembro, y que, por consiguiente, no debe apuntarse a todos por igual; antes bien, es algo que se debe perdonar 5. Son varias las preguntas que suscita el número de casos conocidos de abuso que concentra la Iglesia Católica. Desde hace varias décadas que han surgido voces, a veces con mayor difusión y prensa, otras más acalladas, de los crímenes de abuso de parte de religiosos, religiosas y personas vinculadas al mundo eclesial. Todo esto es posible de afirmar gracias a los testimonios recogidos desde los sobrevivientes de diversas partes del mudo. Prueba de ello fue la experiencia de la Comisión Independiente sobre los abusos sexuales en la Iglesia, en Francia, quien recogió el testimonio de doscientas mil víctimas entre 1950 y 2020, entregando un reporte que, luego de dos años de trabajo, sale a la luz el 5 de octubre de 2021 (CIASE, 2021).
Desde la vereda teológica, que es la disciplina a la que adhiere el autor de este artículo, las preguntas debieran tender fundamentalmente a los discursos asociados a las creencias y que, en parte, son las que sostienen la estructura actual de la Iglesia. Se trata de mirar el presente; interpretar el momento actual, evitando la reproducción literal de enunciados cuyo registro pertenece a otro contexto histórico. Tal como dice el sociólogo francés Eric Fassin, en el texto de Bonfil (2010) en una entrevista de "La Jornada": ¿Qué hace la teología? Interpreta, relee en función de una Historia. Todo lo contrario del fundamentalismo que solo busca regresar a los orígenes y anular la Historia. La iglesia católica está en contra del fundamentalismo. Su dilema es decidir si elige el fundamentalismo (la negación de la Historia), o asume las consecuencias de su carácter histórico y trabaja constantemente para obtener la verdad. Teniendo en cuenta esto: ¿se puede hablar de la Iglesia como una institución cuyos discursos acerca de sus creencias posibilitan escenarios abusivos? Será necesario para ello delinear varias ideas previas que ayuden a la comprensión de esta pregunta, permaneciendo en diálogo con el texto bíblico que ilumina la reflexión.
¿Qué es una creencia?
Comenzar con una definición del concepto de creencia es una tarea compleja. No es un concepto fácil de abordar, pues desafía proponer una idea que englobe lo que social y culturalmente relacionamos al concepto, ya que no solo supone referirse a un circuito de enunciados que termina por materializarse en dogmas, como sería en el caso de la Iglesia Católica. La creencia también remite a la noción psicológica de la disposición, que implica la tendencia a comportarse desde la convicción de que aquello que se cree, es verdadero. De acuerdo con lo que expone Díez (2017), la creencia supone un modo de comportamiento por parte del creyente, pues lo condiciona a actuar de determinada manera. Al hablar de creencia, estamos hablando de aquello que motiva una conducta. Siguiendo lo que sostiene este psiquiatra, las creencias se infieren, no se observan, y, al igual que todo lo correspondiente al mundo mental del sujeto, aunque este nos informara verbalmente acerca de ellas, esta información podría ser falsa, sea porque estemos ante un sujeto mendaz, sea porque el sujeto esté equivocado y se autoengañe (p. 137).
Se puede decir que la creencia, además de disponer al sujeto a un comportamiento del que se puede establecer una conclusión o juicio acerca de aquello que cree, estas se manifiestan dentro de un variopinto de posibilidades, que va desde creencias ideológicas, pasando por creencias políticas y hasta religiosas. Las creencias de tipo religioso, inde-pendiente de la religión que sea, son de carácter vinculante; es decir, están asociadas a un factor de identidad o pertenencia. Dentro del catolicismo, es observable la identificación de las creencias con lo que se denomina fe. Para muchos, el paradigma católico supone la adhesión teórica a un conjunto de "verdades reveladas" por un Ser Superior a un grupo de personas que surgen como mediadores entre esas verdades y el sujeto creyente. Entendida así la fe, es simplemente un acto de asentimiento y sometimiento a un grupo de representantes de una divinidad que se sostiene a partir de enunciados que ellos interpretan discursivamente 6. El problema se complejiza cuando ese sistema de creencias argumenta ser "la única verdad".
El discurso de la verdad revelada
Un hecho a considerar al momento de integrar el concepto discurso es la dificultad de analizar esta categoría, debido a su carácter polisémico, sumado a los diferentes enfoques que analizan los discursos y el modo en que estos se configuran y significan. Las diversas perspectivas de análisis, como señala Díaz (2010), en las que se aborda el discurso abren a una riqueza de ensayos e investigaciones que amplían tanto el campo de su análisis como las reflexiones que se desprenderán de dicho análisis.
Uno de los fundadores del llamado "análisis de discurso", Teun van Dijk (1997), señala que el discurso es:
[...] una forma de uso lingüístico, [...] un tipo de interacción social, condicionada por la cognición y socialmente contextualizada por los participantes, tomados como miembros sociales en situaciones sociales. El discurso, ya sea oral o escrito, se define como un evento comunicativo de un tipo especial, estrechamente relacionado con otras actividades comunicativas no verbales y otras prácticas semióticas de significado y con los usos sociales de códigos simbólicos,[...] (pp. 68-69).
En sintonía con lo que van Dijk (2008) propone, a saber, que los discursos se producen y se reproducen socialmente, habrá que considerar las interacciones comunicativas que se producen entre distintos actores sociales (p.e. sacerdote-feligrés), lo que permite pensar que algunas estructuras semánticas del discurso —como podría ser una homilía dominical— funcionen de forma más efectiva que otras (pp. 220-223). Dicho de otra manera, existen ciertos elementos mínimos para que se pueda fijar en el colectivo una representación o idea que surge del discurso que la Iglesia ofrece. En palabras de van Dijk (1994):
Para que un discurso logre afectar a una masa hay necesidad de que dicha masa conozca la lengua y que, por lo tanto, haya ya formado unos esquemas cognitivos que le permitan inscribir en ellos lo que está viendo, oyendo o leyendo. No hay repercusión si antes no se han construido unos marcos mínimos de conocimiento [...]. Debe haber una cognición compartida, una cognición de grupo, unos prejuicios de grupo, unas actitudes de grupo(pp. 9-10).
Esta definición del discurso sugiere nueva-mente la relación entre los procesos de cognición y el rol que juega en esto la Iglesia al momento de instalar los discursos interpretativos de los dogmas o la Biblia. La interpretación que circula en torno al relato de Isaac, le asigna al patriarca la pertenencia de la vida y cuerpo del muchacho, so pretexto de su irrestricta fe; sin embargo, en el discurso que ronda en el imaginario católico, no se evidencia lo que el texto en su lengua original señala y que se destacó al comienzo 7.
Es por medio del discurso que se logra un control que tiene que ver con los intereses o interpretaciones que algunos les asignan a ciertos hechos o personajes. Tal como señala Foucault (2018), el discurso es instrumento y efecto del poder:
En toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad (p. 14).
Ahora bien, la Iglesia Católica posee una categoría que compone la matriz de sus creencias y discurso oficial; esa categoría es la de revelación 8. El término se entiende como la comunicación de una verdad que proviene de Dios y que es transmitida a la humanidad por medios que se encuentran más allá del comportamiento ordinario de la naturaleza (Concilio Ecuménico Vaticano II, Dei Verbum 6). De acuerdo con esto, Dios puede considerar conveniente el uso de medios sobrenaturales para comunicar esas verdades que son imposibles de lograr desde las facultades racionales. Las verdades reveladas por Dios pueden resultar inaccesibles a la mente humana. Algo de ello se puede ver reflejado en la construcción hermenéutica que se ha hecho del pasaje del sacrificio de Isaac: Dios se comunica, no hay mediación natural, ordena algo impensable, ambiguo, pero que tiene como resultado el sometimiento de un inocente.
Si bien la esencia del concepto revelación radica en la idea de comunicación, este se da mediatizado. En otras palabras, la revelación fue confiada a la Iglesia, la que tiene la responsabilidad de transmitir y enseñar al creyente, así como al mundo entero, las verdades reveladas que transformarán la vida de las personas y el modo en que nos organizamos como sociedad (Concilio Ecuménico Vaticano II, Dei Verbum 7). No obstante, la respuesta a las verdades reveladas es por medio de la fe. Una fe que, tal como lo define el Catecismo de la Iglesia Católica, se entiende como el sometimiento completo de la inteligencia y voluntad del sujeto (Iglesia Católica, CCE, n° 143) 9; el asentimiento al Dios que se revela, y que no puede ni podría engañarnos 10. Por tanto, la fe se basa en la autoridad de Dios y de la mediación elegida. Luego, el diálogo con el creyente queda neutralizado y supeditado 11. No es extraño que, a partir de estas consideraciones, la figura de Abraham, como quien somete su voluntad e inteligencia a Dios, encuentra eco en las definiciones magisteriales. Los discursos asociados a Abraham no atentan al dogma, al contrario: fortalecen la idea del sometimiento, de la subyugación y de la verticalidad dinámica dentro del espacio eclesial. La Iglesia, en el Concilio Vaticano II, recalca que: Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad", y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él (Concilio Ecuménico Vaticano II, Dei Verbum 5).Para expresar su experiencia de fe, su cosmovisión y su doctrina, la Iglesia ha utilizado una realidad discursiva creada por sus interpretaciones, dogmas y creencias. No obstante, no son pocas las veces en que la Iglesia se presenta como la poseedora de la Verdad. Esta forma de situarse, relaciona esa verdad con la realidad misma de un Dios, cuyo atributo es ser La Verdad. De ese modo, se nutre un sistema donde no cabe otro modo de explicarse la existencia. La confesión de un único y verdadero Dios impide la posibilidad de rebatir, disentir, negarse o de plantear lo propio como parte de una verdad que se quiere construir con las otras experiencias. Este modo de interpretación ha sido funcional al tipo de estructura y sistema que fija la Iglesia, lo que no es producto del azar, sino de varios eventos históricos que han posibilitado la asociación de la fe con el sometimiento. La génesis de todo esto parte con el proceso de separación que el cristianismo tuvo en relación con su matriz judía y el enfrentamiento con el imperio. Después de siglos de persecuciones, las comunidades cristianas pueden manifestarse públicamente en el Imperio Romano gracias al Edicto de Milán del año 313. Su legitimidad como expresión religiosa es producto de la acción política de Constantino. La intervención de Constantino en la esfera eclesial es crucial 12. Es él quien convoca el Concilio de Nicea del 325, lo que permite que se fije el dogma cristiano con la idea de un Único Dios, una sola fe, custodiada por un solo emperador.
Años más tarde, con el edicto de Tesalónica del 380, el cristianismo definido en Nicea se transformó en la religión oficial del imperio. Los pueblos adheridos debían someterse a la nueva religión, que era administrada por una institución que emerge gracias a la intervención política del emperador: la Iglesia Católica. Y es así como Jesús de Nazaret, un judío crucificado por sedición en la Jerusalén del 30 del siglo primero de nuestra era, se transformó en la única deidad de todo el imperio romano. La unión de la Iglesia con el Imperio será indisoluble. De ahí en adelante, cada vez que el Imperio retoma sus conquistas se enfrentará a ciertas creencias que otros poseen y que se resuelven inmediatamente desde la dialéctica de lo verdadero o falso. Cualquier otra definición o aproximación a la esfera de lo divino, que no esté reproduciendo el discurso oficial del imperio —que a su vez es el discurso de la Iglesia—, será considerado engañoso, falso, hereje.
Toda esta breve descripción de hitos históricos se ilumina con la reflexión de Foucault (2005):
La doctrina vincula a los individuos a ciertos tipos de enunciación y como consecuencia les prohíbe cualquier otro; pero se sirve, en reciprocidad, de ciertos tipos de enunciación para vincular a los individuos entre ellos, y diferenciarlos por ello mismo de los otros restantes. La doctrina efectúa una doble sumisión: la de los sujetos que hablan a los discursos, y la de los discursos al grupo, cuando menos virtual, de los individuos que hablan (p. 44).
Retomando la categoría de revelación, que empalma con la del Dios Único y Verdadero, se constata que es una idea poderosa, que influye en las conciencias, comportamientos, ética y decisiones de los creyentes. La Iglesia magisterial posee la verdad acerca del comienzo de la vida, la creación del universo y del ser humano, entre otros tópicos existenciales 13.
Pecado Original y sexualidad
Otro de los ejemplos que permite entender los discursos que instala la Iglesia y gravita en el imaginario colectivo del creyente, lo refleja muy bien la hermenéutica cristiana generada en torno al relato mítico de Adán y Eva, fortaleciendo una mirada negativa de la mujer en los discursos asociados a ciertas creencias.
Es importante decir que la cosmovisión hebrea no contemplaba la creencia del pecado original, como lo identificó y desarrolló la tradición cristiana gracias a San Agustín, quien, mediante su reflexión y experiencia religiosa, provoca que la sexualidad sea donde los creyentes puedan reconocer los efectos del llamado pecado original, tal como lo sostiene Alan Jacobs (2008). San Agustín, al vincular el pecado de Adán y Eva con el acto sexual, la negatividad que ensombreció al sexo en la vida de los creyentes fue cosa de tiempo; así como el impacto masivo que ha tenido en el sistema de creencias aceptar el pecado original en todo niño, hasta el bautismo, como señala el teólogo Alejandro de Villalmonte (1999) al reflexionar en torno a la antropología teológica que sostiene esta creencia. El acto sexual, por su parte, adquirió un tinte pecaminoso y flagelante, lleno de culpas, tal como lo reflexiona en un artículo la escritora e historiadora en religiones Elaine Pagels (1997) 14 al señalar que las ideas o discursos relacionadas con la sexualidad, alcanzan definiciones definitivas durante los primeros cuatro siglos de nuestra era, como resultado de las interpretaciones de los relatos de la creación del Génesis; interpretaciones que siguen afectando a nuestra cultura 15 y a cada persona que sea parte de ella, cristiana o no.
La tradición católica ubica al sacerdote en una posición "aparte" del resto del mundo, en la ordenación se produce esta consagración/separación. En el cotidiano, el celibato es la evidencia de ese compromiso y posicionamiento único. A este res-pecto, para la Comisión Independiente de Francia (2021) no existe un claro vínculo de causalidad entre celibato y los abusos sexuales. Lo que sí determina es que se vislumbra desde la Iglesia el mandato del celibato como un combate, por los riesgos de tensiones interiores creadas por la búsqueda de las proezas ascéticas. Ciertamente ser célibe no significa carecer de identidad sexual, mas, ha sido un aspecto confuso y difuso a lo largo de los años (pp. 315-316). La necesidad de asociar la formación afectiva, relacional y sexual en la formación de los religiosos se ve como un imperativo 16.
EL SISTEMA DE CREENCIAS Y SU DIMENSIÓN FACILITADORA DEL ABUSO
Quizás de todas las consecuencias inmateriales que provocan el abuso es, el que repercute en las creencias, el menos visible, pero no por ello menos abordado. Las y los sobrevivientes de abuso sexual eclesial experimentan el impacto del quiebre de sus creencias. Algunos, siguen aferrados a ellas; otras las resignifican o sencillamente renuncian. Pero todos se han visto removidos.
Para abordar este tema resulta fundamental convocar a dos investigadores españoles, Gema Varona y Aitor Martínez (2015), quienes relevan la importancia de resaltar que los abusos sexuales en la Iglesia no responden solamente al factor de oportunidad delictiva presente en la subcultura del clero y caracterizada por la imposición de figuras de poder y espacios de confianza; dicho de otra forma, el abuso no es espontáneo, antes bien responde a un proceso que se desencadena no solo por las particularidades de la situación, sino porque los abusadores van creando los espacios que le son facilitadores de escenarios en los que puede producirse el delito. Volviendo a la imagen de Abraham, que después de haber interpretado esa ambigua orden recibida de Dios se dispone a sacrificar a Isaac, pasa que de pronto el rito se vuelve ocasión de delito. El sacrificio se puede convertir en la posibilidad de un crimen. Lo que Abraham interpretó de esa orden, deja la oportunidad de cruzar un umbral frágil con devastadoras consecuencias. Todo el escenario se transformó en oportunidad y medio para una conducta delictiva, aunque la fe se encargue de maquillarlo y las creencias de minimizarlo.
En el 2019 el comité académico del magíster en psicología y jurídica forense de la Facultad de Psicología de la UDP de Chile organizó una conferencia internacional llamada: La investigación sobre abuso sexual infantil en la Iglesia Católica: prevalencia, características y consecuencias, dictada por la académica de la Universidad de Barcelona, Dra. Noemí Pereda. En esa oportunidad Pereda señalaba que hoy se puede hablar no solo de trauma psicológico, físico o emocional, sino de "trauma espiritual" 17. Pereda señalaba que la Iglesia ha tendido a ver los delitos de abuso sexual como pecados; y a los criminales, como pecadores. En otras palabras, ubica el abuso en el terreno de las creencias 18.
Desde el silencio de la víctima nace otra variable del abuso, que es la mal entendida fidelidad a la Iglesia y una desvirtuada comprensión del autocuidado que debe tener cualquier persona, en especial si ha sido víctima. Nuevamente, son las creencias que juegan contra de la propia víctima, quien, como presenta Pereda (2019), trata de ser fiel a la institución a costa de su reparación y de la justicia que se le debe.
Como ya ha quedado de manifiesto, la Iglesia no está facultada aún para reconocer que en el discurso asociado a sus creencias existe un factor de riesgo. Cuando apela a las creencias, lo hace de tal manera, que sale favorecida, tendiente a invisibilizar el crimen y obligando a la víctima a silenciarse. Y si bien puede reconocer o llamar al crimen tal y no "errores", ese intento verbal de aproximación, sea académico o pastoral, termina por soslayar el sistema de creencias asociado, el que, dicho sea de paso, exige al menos ser revisado, sometido a juicio crítico ya no solo desde la Iglesia, sino desde otras disciplinas sociales. Ya lo demuestra el estudio hecho por la PUC de Chile, que señala:
Las estructura de oportunidad del abuso sacerdotal reconoce cuatro elementos principales: a) el contacto frecuente y personal que pueden sostener determinados sacerdotes con menores de edad, b) una enorme capacidad de suscitar confianza incluso en los guardianes y cuidadores principales del menor; c) una completa falta de supervisión y control entre sacerdotes que se relacionan con menores de edad y d) por último, una cierta convicción de que las eventuales faltas o delitos no serían severamente juzgadas en la institución(Comisión UC para el análisis de la crisis de la Iglesia católica en Chile, 2020, p. 22).
En ella, ninguna referencia a las creencias, al discurso que gravita en los espacios católicos y el carácter de facilitador de espacios abusivos. Mucho menos una palabra referente a la estructura, la desigualdad jerárquica y la enorme asimetría existente.
EFECTOS DE LOS DISCURSOS EN LAS CREENCIAS
Pero ¿en qué instancias eclesiales se generan contextos propicios donde se favorezcan situaciones abusivas, avaladas por las creencias? Esta pregunta de difícil respuesta y de varias aristas, será enfocada desde cuatro espacios que permiten identificarlos como escenarios facilitadores de prácticas abusivas: La catequesis sacramental, el acompañamiento espiritual, la teología dogmática y la formación sacerdotal.
3.1. La catequesis sacramental
Es el primer espacio donde los NNA acceden a la Iglesia. Las catequesis ocurren en las parroquias o en los colegios confesionales, a cargo de adultos, bajo un lenguaje supuestamente acorde a la etapa evolutiva en la que se encuentran los NNA, instalándole en su imaginario o visión de mundo, las ideas o pilares fundamentales de la doctrina católica. Los NNA acceden a la idea del Dios-Padre, al concepto de pecado, salvación, la creación de la nada, Abraham como prototipo del creyente, la concepción virginal de Jesús, su muerte para expiación de los pecados de toda la humanidad, los mandamientos, entre otros.
En esta instancia, la figura del sacerdote ocupa un lugar clave, pues aparece en la vida de los NNA como el elegido de Dios, el mediador del perdón, quien puede visar o frenar su participación en el sacramento de la eucaristía o de la confirmación. Los NNA van interiorizando que esa persona tiene un poder distinto, inusual, que lo hace diferente. Probablemente, es en esta etapa donde el hechizo entre el victimario y la víctima se produce, pues la admiración que el niño o la niña puede sentir es un terreno fácil para que un abusador comience a envolverlo a partir de las creencias que ya están instaladas y comienzan a ser asociadas. Lo que el sacerdote le diga de la vida (discurso), será ley; lo que le diga de sexualidad, será crucial.
En ese escenario tan particular en donde los NNA acceden a la formación primera 19, la filósofa Saly Da Silva (2008) comenta: una confesión es la imposición, a los que practican el cristianismo, de decir la verdad (sustentar el dogma, aceptar las decisiones de ciertas autoridades en materia de verdad) y cada uno debe decir lo que pasa en su interior (las faltas cometidas, las tentaciones a las que se expone) a otros; son testimonios en contra de sí mismo (p. 49).
3.2. El acompañamiento espiritual
Así como la subordinación del laicado a quien detenta el poder es un elemento relevante y facilitador del abuso, no son pocos los que después de la primera comunión o tras la confirmación optan por llevar adelante una vida espiritual acompañado de un sacerdote o religiosa. Esto, que en la formación sacerdotal y religiosa es de carácter obligatorio, en la vida laica es una opción a la que acceden unos pocos como si se tratase de un privilegio 20. No obstante, es el sacerdote católico quien aparece en este terreno como una figura clave. La creencia de la elección que recae en ellos, así como el discurso asociado a la creencia de la representatividad que encarnan (Dios, Jesús, Apóstoles), les otorga y blinda hasta tal punto que, cuando cometen sus delitos, la creencia de que siguen siendo seres especiales no ha desaparecido, lo que les protege de una inmediata asignación de responsabilidades ante un crimen 21.
Si el discurso señala que Dios es bueno y que Dios elige a gente buena, lo que ocurre con una víctima de abuso puede asociarse más con debilidades y descompensaciones individuales del perpetrador, antes que pensar que el sacerdote es un criminal. Hay varios dispositivos discursivos, un piso de ideas que favorecen a incrementar la culpa personal por sobre la responsabilidad institucional e individual.
3.3. La teología dogmática, como piso discursivo-intelectual que refuerza las creencias
En ese sentido, el dogma o el discurso racional de la fe, traducido en sentencias o cánones que concentran lo medular de la tradición católica, también van ofreciendo un marco de identidad o pertenencia 22. El Papa es garante supremo de la doctrina. Es quien cuida el depósito de la fe. Por tanto, adherir a la doctrina es, de algún modo, adherir al custodio. Todo creyente somete su racionalidad a ciertas afirmaciones que pueden incluso ir contra su propia capacidad analítica, pero ya que la pertenencia pasa por la adhesión sin cuestionamientos a los presupuestos, el silencio comienza a instalarse tras el veto existente frente al disenso. Disentir es entendido de algún modo como dejar de pertenecer 23. La fe se comprende como el sometimiento a figuras de poder, desde el Papa, pasando por un obispo y hasta un sacerdote ordenado. Es inherente al ser católico, el sometimiento a la estructura, a la voluntad de Dios expresada en sus ministros, en lo que dice el Papa, el obispo, el sacerdote 24.
3.4. La formación sacerdotal y la subcultura del clero
La formación del clero está basada teológicamente en el presupuesto que Jesucristo dejó encomendado a los apóstoles: la tarea de expandir el mensaje y fortalecer su Iglesia. Por medio del Espíritu Santo, sigue actuando en ella en el transcurso de los siglos, escogiendo varones que integren su jerarquía y conduzca al rebaño. Estos varones, se someten a un periodo de formación, donde no solo aprenden intelectualmente, sino que forjan su carácter, conviven en comunidad, oran y abrazan ciertas recomendaciones y exigencias 25.
Son varios los testimonios de sobrevivientes que provienen de la formación religiosa o sacerdotal, y que dan cuenta de un escenario donde la dicotomía existencial, la culpa y el secretismo van haciendo lo suyo. Muchos descubren que aquello que supuestamente los hace especiales, elegidos, separados del resto, es simplemente un maquillaje institucional que oculta la vida sexual activa del clero y de la vida consagrada.
La Iglesia ha marcado una directriz que desanda constantemente con las incongruencias de sus propios miembros y voceros de su doctrina. No obstante, entre ellos existen códigos e interpretaciones de sus propios actos, bajo una mirada condescendiente. Producto de esta laxitud en el comportamiento, de los perdones que se dan entre ellos y de esa capacidad de relativizar las ambigüedades institucionales, so pretexto de la debilidad humana, es que existe una subcultura en la Iglesia 26, donde se encuentran sacerdotes, religiosos y religiosas viviendo su sexualidad activamente, algunos con relaciones afectivas de larga data, sin que por ello evidencien el conflicto de estar en una institución que se declara contraria a las relaciones homosexuales, al acto sexual fuera del matrimonio y que además exige el celibato sacerdotal o la castidad 27.
Elementos de esta realidad es analizada por el sociólogo chileno Pablo Astudillo (2020), quien refiere lo siguiente: La aparente concentración de personas con conductas homosexuales dentro el clero da para pensar que, tal vez, hay algo en la forma de vivir que, por un lado, incentiva el deseo homosexual y que, en paralelo, desincentiva la construcción de una identidad homosexual. Y ese proceso es completamente ciego para quien está fuera de dicho espacio social. Especialmente para quienes desde la trinchera laica reivindican políticamente una identidad homosexual que dentro del seminario no tiene posibilidad de existir (p. 154).
No obstante, el sacerdocio aparece como el resultado de una llamada, una teología de la elección, que guarda clara relación con la figura de Abraham: elegido, llamado, convocado por Dios. Todos los que llegan a la vida consagrada son personas "llamadas". Es un elemento fundamental que sitúa a los sacerdotes, religiosos o religiosas como personas en las que reposa una elección, misteriosa e inexplicable. En este aspecto, resulta inevitable que surja con fuerza la sospecha o duda respecto de la perversa elección que hace un Dios Todopoderoso y Providente en sujetos que serán perpetradores de delitos sexuales. Quizás solo esa pequeña duda puede ser la puerta por donde de a poco, todo un discurso en favor de una estructura, todo ese sistema de creencias que ha sido un facilitador de escenarios delictivos, pueda venirse abajo 28.
CONCLUSIÓN
No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada.
(Biblia de Jerusalén. 2009. Gen. 22,12).
El relato del sacrificio de Isaac es un pasaje que no deja indiferente. Contiene elementos inquietantes, que no permiten una lectura superficial. No ha sido fácil para las religiones abrahámicas lidiar con esa imagen de un Dios aparentemente abusador, manipulador, ambiguo. Tal es la inquietud que genera, que hasta el mismo Rabí Rashi (1985), cuando comenta el versículo que encabeza esta conclusión, vuelve a insistir en la idea que Dios no ha pedido un sacrificio. Dicho de otra forma, el problema es lo que Abraham piensa de Dios, de Isaac, de él mismo. La voluntad de Dios se abre en medio de esta crisis, en medio de las creencias erradas y confusas, contenida en una orden que ahora se presenta clara y sin ambigüedades: no dañes al niño (p. 171). Isaac no merece ser dañado.
Los discursos que emergen en el horizonte cristiano dejan entrever la imagen de un Dios que, tanto por medio de su voluntad como de su mediación, exige el sometimiento de la voluntad y el entendimiento. Esa idea de sometimiento mediante los discursos asociados a las creencias, ha sido un facilitador de escenarios abusivos, que permiten el abuso de poder en todas sus manifestaciones. La Iglesia tiene una única verdad, y esta es hacerse cargo del bienestar del ser humano. Para eso, debe disponer de todo para su fin, repensando su horizonte de cara a la deuda ética, moral y penal que tiene con los sobrevivientes y víctimas de abuso. Es por eso que debe desinstalar prácticas pastorales y discursos tendientes al abuso, donde el sacerdote ejerce una superioridad sobre cualquier miembro de la comunidad. El legítimo intento de dialogar por parte de quienes se sitúan desde el registro de la fe o desde la militancia irrestricta con la Iglesia, impide avanzar en el intercambio con los sobrevivientes, porque el registro utilizado sigue evocando los discursos asociados al sistema de creencias. No obstante, e independiente de la interpretación que el texto bíblico citado pueda suscitar, acá hay algo que es insoslayable: el costo de todo este drama lo paga Isaac; en toda esta historia, Isaac es visto como "algo" sacrificable para un supuesto noble fin: mostrarle a Dios mi fe o mi capacidad de desapego. La superioridad de Dios se hace sentir sobre su devoto, quien, a su vez, hace sentir la suya en su hijo. Es sobre el cuerpo de un adolescente Isaac, que la crisis en el sistema de creencias de Abraham está orientada a resolverse. Lo que crea de ahí en adelante, lo que deje de creer, repercutirá en su hijo. Lo pagará el cuerpo de Isaac.
Toda esta descripción que para más de alguien pueda resultar hasta herética, es antes bien un drama. Es un ejercicio crítico que obliga a colocar los enunciados de la fe en suspenso, el propio sistema de creencias, bajo sospecha. Creencias que, dicho sea de paso, al ser abrazadas por los sobrevivientes, fueron un facilitador de prácticas abusivas de poder, que abarcan desde el abuso de conciencia hasta la materialización del abuso sexual de niños, niñas y adolescentes (NNA). Imposible seguir soslayando que existen varios discursos asociados a un sistema de creencias que, a partir del modo en que son interpretadas y entendidas, terminan siendo un factor de riesgo.
Por eso se hace urgente la revisión de los discursos asociados a la doctrina católica, en especial las referidas a la sexualidad, la antropología cristiana, el paradigma del que se justifica a sí misma la Iglesia. Tal como señala la teóloga chilena Soledad del Villar (2021) cuando afirma:
El clericalismo es un problema no solo porque las mujeres están excluidas del clero y aún no pueden ser ordenadas. También es un problema porque perpetúa formas abusivas y arbitrarias de uso del poder que crearon las condiciones para la crisis que vivimos hoy. En la práctica, ha creado miembros de primera y segunda clase dentro del pueblo de Dios, negando la igualdad fundamental que todos compartimos por nuestro bautismo y permitiendo un sentido de elitismo dentro de la Iglesia que es necesario erradicar. Para algunas, ordenar mujeres será un paso esencial hacia una solución. Para otras, incluir a las mujeres en las filas del clero solo perpetuará el clericalismo, reforzando las estructuras de poder que rechazan (p. 89).
No obstante, hay que pensar en ir más allá de lo evidente. Es cierto que proponer nuevas formas de ejercicio del poder es una manera de situarse ante el problema. Democratizar el poder dentro de la Iglesia, pasando por las elecciones de los obispos, hechas por el pueblo fiel, o incluso hablando de un celibato opcional, donde también se pueda externalizar las funciones de los ministros, para descomprimir el poder sacramental, es un modo imaginable. Así como repensar la eucaristía, la celebración del sacramento de la reconciliación; o empoderando el sacerdocio común de los fieles, para lograr una mayor horizontalidad en las comunidades, no será del todo efectivo si no se replantean primeramente los discursos, se revisen las creencias y se coloque a la persona de los sobrevivientes en el centro de esa restauración. Sin los sobrevivientes, independiente del grado de pertenencia con la institución, se hace impensable que la voz de Isaac resuene en el sistema de creencias de Abraham. La voz de Isaac debe volver a interpelar la disposición de Abraham: "Dijo Isaac a su padre Abraham: "¡Padre!" Respondió: "¿qué hay, hijo?" —"Aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?" (Biblia de Jerusalén, 2009, Gen 12, 7). Porque para Isaac, simplemente no existe la idea de que aquel que llama padre, pondría una mano sobre él.