INTRODUCCIÓN
Según el informe de la OMS en 2013, el Perú es el tercer país del mundo donde se registran más casos de violencia sexual contra la mujer (a nivel provincial) después de Etiopía y Bangladesh (2013, p. 3). Asimismo, según el informe de indicadores de violencia familiar y sexual en el Perú el departamento de Arequipa ocupa el segundo lugar del país en denuncias (653) por violencia sexual después de Lima (2019, p. 45).
Las cifras revelan, por un lado, un crecimiento en los casos registrados (2019, p. 35) y, por el otro, enmascaran una ética laxa y una narrativa cultural permisiva. Hay que reconocer que los números denotan denuncias efectivas, aunque ello no signifique necesariamente respuestas adecuadas por parte de los organismos competentes, ni tampoco correctivos sociales y culturales adecuados.
La gravedad del abuso se manifiesta con muchísima claridad en el aspecto existencial y psicológico en el que nos centraremos en este trabajo ( Romano y De Luca, 2001). El abuso sexual hiere directamente el ser y dignidad de la persona y causa un alto impacto negativo en su desarrollo y en su esfera socioemocional ( Pulverman et al., 2018). La víctima de abuso puede experimentar una sensación de irrealidad y negación continua ( Daigneault et al., 2016), presentar cuadros de ansiedad, depresión ( Lewis et al., 2016), ira incontenida ( Peterson et al., 2018), baja autoestima ( Kim et al., 2017), impulsos suicidas ( Amado et al., 2015), además de tener que lidiar con dolorosos recuerdos y sentimientos por el resto de la vida. Normalmente, estas experiencias son consecuencia de una gran decepción frente a sí mismos y de la tristeza que surge de no sentirse acogidos adecuadamente (en forma digna, seria y respetuosa) por parte de la familia, el entorno social o las autoridades competentes.
En atención a esta triste realidad, el presente grupo de trabajo se ha enfocado en desvelar la narrativa del abuso sexual con vista a ayudar a las víctimas a comprender mejor su propio drama. Para ello se han realizado entrevistas a 9 personas quienes han accedido voluntariamente^1^ a relatar su experiencia. La intención de dichas entrevistas, dispuestas como un diálogo natural, aunque siguiendo un formato validado por expertos, fue identificar algunos patrones y dinámicas propias del abuso sexual. Esos patrones y dinámicas se manifiestan en las creencias, falsas causalidades, ideas irracionales, sentimientos negativos y metáforas que se articulan y expresan en el propio acto de relatar los acontecimientos.
Para elaborar el instrumento decidimos basarnos en el modelo temporal de configuración de la trama que extraemos de la filosofía hermenéutica de Paul Ricoeur. En ese sentido, el presente estudio surge como un esfuerzo interdisciplinar entre filosofía y psicología con la intención de que ambas ciencias manifiesten sus potencialidades más propias en el servicio a la sociedad. Según la idea narrativa del filósofo francés podríamos considerar el abuso sexual como un punto axial de la propia vida que permite recorrerla en dos direcciones, es decir, según un antes y un después. Esta estructura nos permitió revisar la autocomprensión de las entrevistadas según un antes, inmediatamente después y pasados algunos años de sucedido el abuso.
Con estos criterios en mente hemos articulado en tres partes la presentación de este trabajo. En la primera, expondremos escuetamente el modelo filosófico en el que se analizaron los relatos de las entrevistas. En la segunda, se expondrán algunos patrones y dinámicas del abuso a partir de los datos recogidos en las entrevistas, que nos han arrojado muchísima información. Presentaremos en este caso los elementos que no violan la confidencialidad de la entrevista y que contribuyen a lograr el objetivo de este trabajo que es unir el marco teórico de la filosofía de Ricoeur con los casos particulares de la narrativa del abuso. De esa manera, en última instancia, se propondrá lo que hemos denominado "la metáfora del tiempo recobrado", en otras palabras, un intento narrativo por ayudar a las víctimas a integrar la violencia padecida a una trama más llevadera, de forma que puedan aceptar, perdonar y reconciliar --en lo que sea posible-- su propia experiencia de dolor. Consideramos que nuestra perspectiva se podría considerar una narrativa realista, es decir, no una que busca una mera sustitución del relato, sino aquella que pretende una sana aceptación de los hechos para que las víctimas vean con mayor distancia su sufrimiento y el futuro, temporal y eterno, con mayor esperanza.
El hombre como ser que configura tramas
Según Aristóteles el hombre es por naturaleza un ser que representa la acción o, como interpreta Ricoeur, que dispone narrativamente los hechos.
En efecto, la mimesis es connatural a los hombres desde niños, y en esto se diferencian de los demás animales, en que el hombre es muy proclive a la mimesis y adquiere sus primeros conocimientos por imitación; también les es connatural el complacer a todos con las imitaciones (Aristóteles, 1448b)^2^.
Esta tendencia natural a configurar tramas y a complacer a otros con el relato manifiesta el modo humano de articular nuestra propia experiencia de vida. Cuando algo nos sucede tendemos naturalmente a dar una explicación ordenada --aunque no necesariamente en modo cronológico-- en donde aparecen en forma lógica los elementos más importantes a partir de los que damos razón de nuestra experiencia.
Esta estructura inteligible o trama involucra distintos elementos. Nos referimos especialmente a cuatro: los hechos a partir de los cuales elaboramos el relato, las condiciones que lo estructuran, la intencionalidad de la trama o su finalidad y el interlocutor hacia quien está dirigida. Todos estos elementos se integran en el propio relato y manifiestan la realidad íntima de la persona y el modo como ella se comprende. En ese sentido, se puede considerar que el relato es el acto humano en donde la persona manifiesta su unidad interior y su apertura a la alteridad.
Si analizamos estos cuatro elementos mencionados, en primer lugar, hablamos de los hechos a partir de los cuales elaboramos un relato o una trama. La trama, aun la que podríamos considerar inventada o muy extravagante, surge como una composición sobre la base de los hechos o acciones que suceden, hacemos o padecemos en el mundo ( Ricoeur, 2006, p. 144). El relator, incluso el de historias fantásticas, une por medio del acto de narrar una cadena de acciones que de otra forma podrían parecer no tener conexión alguna. Según Ricoeur, es por esta conexión causal que las narraciones humanas nos muestran que obtienen sus recursos de la red semántica de la acción, de la mediación simbólica de los objetos del mundo y del carácter temporal de la acción (Ricoeur, 2013b, p. 119).
Lo anterior significa que la trama surge de la experiencia. Es decir, que aun cuando el ser humano pueda transformar el relato según elementos imaginarios, el relato surge del contacto de la persona con el mundo. En ese sentido, si el hombre puede narrar lo que sucede es precisamente porque en la realidad ocurren cosas con un "orden" identificable que presentamos en la configuración narrativa. Cuando nos referimos a la red semántica de la acción indicamos que en el mundo hay efectivamente agentes, circunstancias, víctimas, consecuencias y efectos que se subsiguen y que son como la "materia" a partir de la que el hombre da a conocer, según su punto de mira personal, la experiencia que tiene del mundo (Ricoeur, 2013b, pp. 116-117). Esto implica, como diremos más abajo, que la narración en sí misma sea una novedad y tenga un carácter propio. Además, de la red semántica de acción, la narración saca provecho de la mediación simbólica de la realidad, es decir, de que el mundo de la vida está configurado sobre la base de "cosas" o "personas" que tienen una significación propia y que, a partir de la interacción humana, pueden asumir nuevos sentidos ( Ricoeur, 1995, p. 30). Por esa razón, se puede entender que ciertos objetos a los que inicialmente damos una connotación positiva se conviertan en cosas que repugnen. Podemos evocar el ejemplo que usa Frankl en referencia con la presencia de las chimeneas en algunos campos de concentración nazis. Es decir, normalmente la chimenea evoca el calor, la seguridad y el cuidado del hogar. Sin embargo, en dichos lugares la chimenea tenía un sentido amenazante, representaba la inminencia de la muerte ( Frankl, 2004, p. 71).
Los relatos se valen, en última instancia, del carácter temporal de la acción para estructurar y disponer los hechos (Ricoeur, 2013b, p. 124). Es la misma razón por la que en el lenguaje cotidiano se usan ciertas expresiones, verbos y adverbios que dan cuenta de una experiencia común del tiempo. Cuando actuamos, nuestras acciones tienen un tiempo y a ese tiempo le damos orden según el sentido compartido de las estructuras de la lengua. En otras palabras, cuando decimos que "la guerra fue ayer" le asignamos un tiempo concreto a una realidad que los espectadores pueden reconocer como comprensible y adecuada a la experiencia común del tiempo. Sin embargo, podemos distinguir también entre el simple instante del tiempo del mundo y el ahora de la conciencia común. Este último puede disponer del "orden" del tiempo del mundo, por eso, sobre su "lógica" se construyen las narraciones que no necesariamente tienen un orden crónico, sino que juegan con la experiencia misma del tiempo. Esto nos ayuda a explicar por qué muchas veces usamos experiencias, ejemplos o información de otro contexto para dar razón de la propia perspectiva en el relato. El relato crónico se ve interrumpido por elementos anacrónicos (intenciones, emociones, otros relatos antiguos o posteriores, etc.) que explican nuestras acciones e intenciones en momentos determinados y que dan sentido al orden narrado sin que coincidan estrictamente con el tiempo del reloj. En consecuencia, el carácter temporal de las acciones en el que se erige el relato nos permite afirmar que ciertas experiencias fundamentales permiten establecer puntos axiales que lo dividen en dos, en un antes y un después, que dan origen a una referencia que impregna toda la trama.
Estos tres aspectos de los hechos, a partir de los que elaboramos el relato, revelan una particularidad respecto de la configuración narrativa de las tramas humanas, como piensa Ricoeur, son composiciones nuevas. En la trama, los eventos del mundo asumen una "nueva" causalidad. El hablante establece conexiones que considera que tienen una causalidad verosímil y necesaria en donde se pueda "extraer una historia sensata de una serie de acontecimientos o de incidentes" (Ricoeur, 2013b, p. 132). Esas conexiones o concordancias se establecen sobre la base de ciertas condiciones que pueden ser identificadas y que revelan la intencionalidad del relato. De esa forma, el segundo elemento que nos permite entender mejor el modo como damos razón de nuestra experiencia, son las condiciones que nos permiten hablar de una trama. Así, una trama "se caracteriza por tres rasgos: plenitud, totalidad, y extensión apropiada" (Ricoeur, 2013b, p. 92).
La plenitud de la trama es su finalidad, que es el tercer elemento que debemos considerar en el relato. Es decir, la intención de lo narrado que se realiza una vez que el hablante considera haber dado una "explicación" exhaustiva o completa de cuanto quería expresar. La totalidad está en orden a la plenitud, precisamente porque se refiere a la unidad del principio, el medio y el fin de la narración. En ese sentido, más que una unidad cronológica, como venimos insistiendo, la trama establece una unidad lógica a partir de la ordenación de los hechos. Toda la trama puede ser considerada como una única acción, un único movimiento hacia una finalidad. La extensión, por su parte, expresa la "duración" de los sucesos y establece límites a las acciones. Por ello, todo sucede como en un tiempo determinado. El narrador dispone los hechos en modo que los eventos duran lo que tienen que durar y suceden en el momento adecuado en orden a la intencionalidad del relato. Además, los antecedentes y consecuencias de las acciones de los agentes del relato están como determinadas en la trama, tienen una explicación que se da al interno del relato. En consecuencia, podemos decir que estas tres condiciones manifiestan la unidad de la narración, que es un verdadero modo de comprender un curso de acontecimientos concreto y que nos permiten analizar sus aspectos más relevantes.
Estos tres rasgos de la trama dan a la concordancia que establece la disposición de los hechos un grado de necesidad ( Ricoeur, 2016, p. 228). Las tramas con las que se relata nuestra experiencia se convierten de esa forma en arquetipos mediante los que se explican cursos enteros de acción en los que los espectadores pueden reconocerse singularmente y que pueden ser denominados drama (tragedia o comedia) o epopeya en función del desenlace de la historia. Por ello, entre más se narra una historia más se asienta su contenido como necesario. La repetición hace del relato una forma dominante a partir de la que interpretamos lo que nos sucedió. Esto es aún más fuerte cuando el narrador logra en el espectador su intención comunicativa. Convencer al otro es convencerse a sí mismo de la veracidad de lo dicho. Por ello, como consideraba Aristóteles en la Poética, la trama "por medio de la compasión y del miedo logra la catarsis de tales padecimientos" (1449b).
El otro es el espejo en el que se refleja el sí mismo. El relato contrasta su intención comunicativa en la acogida que tiene en el otro y, a partir de ella, logra la catarsis o la liberación que provoca el sufrimiento contenido en el relato. Por ello, sufre quien comunica y quien escucha. En esa medida, el otro es presupuesto y finalidad de la narración y a partir de su interpretación de los hechos completa el círculo del relato (Ricoeur, 2013a, p. 186).
Este completar el relato es más evidente cuando la narración presenta inconsistencias o elementos no verosímiles, pues, el otro asume la tarea inicial de la crítica o de dar unidad a los retazos inconexos e incoherentes de un drama difícil de interpretar (Ricoeur, 2013a, p. 191). El otro contrasta al sí mismo y le permite volver sobre su propia realidad captando con mayor profundidad sus propias experiencias. Si se entiende el relato como un todo, como un objeto que puede ser visto desde varios ángulos, la mirada del otro desvela aspectos que el sí mismo no reconoce de forma inmediata ( Ricoeur, 1995, p. 89). De esa forma, la interpretación del otro permite, además la emergencia de nuevos sentidos que el propio narrador no tenía la intención de trasmitir y de los que se hace consciente solo a partir de la interlocución ( Ricoeur, 2017, p. 85).
En consecuencia, sobre la base de los hechos del mundo de la vida, las condiciones, la intencionalidad de la trama y la refiguración del receptor^3^ se explica el modo humano de configurar narrativamente su experiencia personal.
Esta síntesis filosófica se puede expresar en la estructura tradicional del relato de vida. Por ejemplo: un héroe o protagonista de una historia, que es reflejo del mundo, se mantiene firme o es derrotado por las dificultades o los nudos de la vida. Cuando mira hacia atrás se reconoce en el camino. Especialmente, en aquellos puntos de su existencia que le han dejado huellas imborrables, pues, las dificultades (un abuso, por ejemplo) le han mostrado poderes con los que no contaba, sufrimientos que no esperaba o el reconocimiento del verdadero sentido de los consejos de los "sabios" que durante un tiempo estuvieron vacíos y que en la experiencia del ahora se convierten en aprendizajes. Solo la muerte, que sería el cierre definitivo de la historia, parece detener la narración de la vida, aunque como está implícito en la relación entre narrador y receptor, esta continúa a partir de la conexión con el espectador. En el espectador el relato de la vida permanece la mediación simbólica de la acción que hace susceptible la historia de convertirse en una epopeya o una tragedia que se mantiene como paradigma en el que otros podrían identificarse. El juicio último de esta disposición organizada de los hechos espera el don del cielo que rebalsa la justicia humana por las acciones realizadas o padecidas. Es en realidad lo que presupone todo relato y la vida ética misma, la felicidad o la desdicha (Ricoeur, 2009a, p. 35).
Es precisamente la desdicha la que normalmente concluye la trama del abuso sexual y el deseo de transformar ese "final aún abierto" lo que permite ofrecer nuevas perspectivas en orden a "obrar de otro modo". Las bases de ese análisis son precisamente los cuatro elementos mencionados: la disposición de los hechos según una estructura temporal marcada por el abuso; las condiciones del relato que muestran creencias, causalidades y sentimientos asumidos en función de la autocomprensión; la comprensión de los acontecimientos y, por último, la importancia de los interlocutores del relato. Es decir, de aquellas primeras instancias con las que las víctimas confrontan el drama que apenas pueden articular con sentido.
La narrativa del trauma del abuso sexual a partir de 9 casos
Según lo que hemos mencionado anteriormente, la trama manifiesta una unidad en orden a la plenitud que busca su relator. Esa intencionalidad es como el hilo conductor que permite articular causalmente eventos o circunstancias que de otro modo no estarían vinculados. Sin embargo, esa unidad se ve como dividida en función de los puntos axiales de la existencia, es decir, de ciertos puntos relevantes que permiten recorrer la vida según un antes y un después ( Boutet, 2019, p. 81).
Por esa razón, determinamos dividir los testimonios en antes y después de los abusos padecidos con el propósito de mostrar claramente el modo radical como cambia la autocomprensión de la persona. Además, este orden nos permitió evaluar las creencias, causalidades, expectativas correctas y falsas que las víctimas establecen en función de los eventos padecidos. Preguntar, además, por las personas que las acogieron resultó valioso para reconocer que el primer encuentro de las víctimas con sus familiares, o con las autoridades, impacta profundamente en el modo cómo la persona enfrenta su experiencia de dolor. Como comenta Payne, cada vez que la persona relata su experiencia, "revisa y 'recompone' el relato de sus relaciones con los demás, con su historia y consigo misma" ( Payne, 2002, pp. 131-132). Por eso, como pensamos, ante las reacciones de sus interlocutores, la persona va incorporando nuevos elementos a su relato y asume una postura frente a su propia realidad.
Debido a que los patrones encontrados en las entrevistas son muy abundantes, decidimos presentar en este estudio solo algunos de los testimonios que consideramos importantes y paradigmáticos para dar a conocer las dinámicas del abuso y los estragos que causa en las víctimas. En relación con el antes, comentaremos brevemente lo que hemos denominado la visión de inocencia, mientras en relación con el inmediatamente-después, conectaremos los patrones de a) sensación de suciedad, b) profundo dolor frente a lo sucedido, c) necesidad de olvido, d) de culparse a sí mismos, y e) de ideación/intento de suicidio. Respecto del futuro, lo abordaremos en el siguiente acápite en referencia con la metáfora del tiempo recobrado.
En primer lugar, referido al antes del abuso es relevante que casi todas las víctimas parten de un estado de inocencia. Todo tiempo antiguo fue siempre mejor. La inocencia en este caso, parece que se comprende en dos sentidos. En referencia con una consideración positiva, pueril y pura de sí mismas y en referencia con la incapacidad para imaginar un escenario de abuso. Por ello, la experiencia del mal padecido es un momento en que se "abren los ojos al mundo", al terror frente a una existencia que se desenvuelve en medio del dolor y las vicisitudes humanas. De esa forma, los relatos contienen expresiones como:
"¿Cómo una niña con inocencia, que solo piensa en jugar, saltar y hacer travesuras, le puede pasar algo como eso?", "Yo era muy inocente, nunca pensé que me iban a hacer daño", "Antes sentía una gran inocencia, quizás diría que todo era como un cuento de hadas, "el príncipe azul", "la princesa", cosas bonitas, y después todo se convirtió en un cuento de terror"^4^.
Lo que causa el abuso es muy profundo y se manifiesta, según hemos podido constatar, en múltiples formas. Una primera experiencia común es la sensación de suciedad. Las personas que han sufrido abuso tienen la sensación que algo las ha impregnado con su inmundicia. Acerca de este asunto, abordando los símbolos míticos que representan el mal, Ricoeur apunta en Finitud y culpabilidad que "la representación de la mancilla se mantiene en el claroscuro de una infección casi física que apunta a una indignidad casi moral" (Ricoeur, 2011a, p. 198). Las personas se sienten sucias, pero esa mancha no es física, sino que representa la herida que ha sufrido su dignidad personal^5^. De esa forma algunas de las entrevistadas se expresaban de la siguiente manera:
"Yo me sentía sucia, [...] en el fondo me quemaba todo lo que había pasado", "te sientes sucia. Yo no me sentía merecedora siquiera del amor de mi mamá porque ella no sabía nada de lo que me había pasado", "me sentía sucia, eso sentía yo".
Lo que desencadena esta experiencia de "perder su inocencia" parece bastante más diversificado. La mayoría de las víctimas entrevistadas expresan de distintos modos cómo han abordado su experiencia interior de sufrimiento. Sin embargo, resulta común dos elementos que parecen estar conectados a partir del acto de la memoria ( Ricoeur, 2000, p. 563). Por un lado, un profundo dolor frente al recuerdo de lo sucedido. Por el otro, la necesidad autoimpuesta de olvidar.
En el primer caso, el dolor surge como fruto de una herida que está continuamente abierta. El dolor físico es una marca que los remite a lo sucedido y, normalmente, trae consigo sentimientos de impotencia, culpa, ira o tristeza. Al recordar los hechos la persona tiende a revictimizarse una y otra vez, efectuando nuevamente lo sucedido en la imaginación y permitiendo que la huella/herida se mantenga viva y siga produciendo dolor. Incluso, mucho tiempo después, el mecanismo se mantiene. Por ello, algunas personas nos relataban lo siguiente:
"He tratado de ignorarlo, también de decirle a todo el mundo que abusaron de mí, pero que no me pasa nada ...creo que ese 'no pasa nada' es mi peor error porque sigo sin decirle a la gente lo mucho que me duele", "no podía dormir en las noches y lloraba en cualquier momento porque duele, físicamente también duele. Cada vez que lo recordaba lloraba".
El envés del profundo dolor es el mecanismo habitual con el que las víctimas pretenden enfrentar el trauma. Es decir, se autoimponen la necesidad de olvidar^6^. Prefieren no recordar algo que les causa dolor. Sin embargo, como casi todas las víctimas que comentan respecto de este intento de olvido, lo que en realidad lograron fue perpetuar el dolor y convertir el recuerdo en un acto amenazante. El pasado aparece como una huella silenciosa, esperando poder reproducir su grito ensordecedor mediante personas, cosas o historias que lo evocan, convirtiéndolo nuevamente en verdugo de su víctima. De esa forma, las entrevistadas repitieron incansablemente frases como:
"Me gustaría olvidar, pero lo recuerdo hasta en mis sueños. Sueño que eso se repite y me despierto enojada... veo a mis hijos y quiero salir adelante, pero no se puede olvidar", "A veces quiero olvidar, me pongo a llorar", "yo quería olvidar, porque no lo entendía, yo lo quería olvidar, pero no se puede, no se puede", "Mientras menos lo quería recordar más lo recordaba"
Este drama se acentúa con el sentimiento de culpa. En algunos casos las víctimas se culpan por malas decisiones que terminan en desenlaces no queridos. En otros, hay vergüenza por haber experimentado algún tipo de placer. Pero, nos parecen aún más complejos los casos de personas que sin ningún atisbo de responsabilidad, buscan pretextos para sentirse culpables. Parece haber en esta conexión una idea retributiva de justicia --incluso de carácter teológico--. En otras palabras, un castigo por malas conductas u otros errores cometidos. Sin embargo, esta búsqueda de culpabilidad, psicológicamente, parece emparentada con el sutil camino de autodestrucción que van recorriendo las víctimas. La mente de la persona parece inicialmente encontrar en el dolor de la culpa algún tipo de purificación sin darse cuenta que lo que logran en realidad es aniquilar la estima de sí. Este elemento dificulta la comunicación y, al mismo tiempo, la convierte en un camino de libertad. Es decir, contar los sentimientos secretos que experimentan les permite comprender mejor los procesos que están viviendo. Así, algunas personas se expresaban de la siguiente manera:
"Yo me siento muy culpable y responsable de lo que pasó y de lo que me seguía pasando por no haberlo dicho o hablado, yo digo ¿qué me costó decirlo, pedir ayuda a alguien?", "sí, tengo la culpa. Sí, tenía la culpa por todo lo que pasó", "Pensaba que yo tenía la culpa. Primero, por no haber obedecido, [...] Esa era la culpa de por qué me he ido, nunca debí irme [...] aún pienso así, que es mi culpa", "trataba de creer que no, [me decía] no es tu culpa, no es tu culpa, no tienes por qué sentirte culpable. Pero, nunca me lo creía porque los hechos eran otros", "sí, me sentía culpable por haber estado andando por ese lugar".
Nos parecía relevante, además, dar a conocer que esta dinámica --que puede convertirse en un círculo vicioso o en una obsesión sumamente poderosa--, se expresa en algunos casos en la ideación o intento de suicidio. Es importante que los receptores de las personas abusadas y de sus relatos mismos, sepan que el suicidio es un desenlace posible cuando las víctimas no vienen acogidas adecuadamente y no se les ayuda en su proceso de aceptación, perdón y liberación personal^7^. Al respecto escuchamos testimonios como estos:
"En ese momento yo decía ¿por qué tanto me pasa a mí estas cosas? ¿por qué mejor no me muero? así dejaría a todos en paz ...", "¿Para qué vivo si mi vida ya está acabada?", "Si no hubiese sido por esta persona quizás me hubiese suicidado porque eso es lo que estaba pensando", "En un primer momento, estuve mal, me deprimí, psiquiatras, tratamiento psicológico, suicidio, me deprimí".
¿Es posible romper con este drama terrible que afecta a la persona misma y la autocomprensión de su historia? Seguramente no se trata de algo sencillo. Pero, consideramos que se puede encarar el futuro de otro modo, logrando realmente la aceptación, el perdón y la reconfiguración de la propia existencia. De esa forma, en el siguiente acápite intentaremos conectar la narrativa del abuso con la metáfora de recobrar el tiempo, de una nueva apertura del tiempo "cerrado" y sin esperanza que impide a la persona proyectarse en el futuro.
La metáfora del tiempo recobrado
Las entrevistas nos han mostrado algo que el sentido común nos indicaba con antelación, es decir, que el abuso cambia radicalmente la comprensión del sí mismo. La persona relee buena parte de su historia en función de su drama. En sentido retrospectivo, se duele porque considera que todo tiempo pasado fue mejor y, mirando hacia adelante, sufre porque el futuro le aparece, según sus circunstancias, obscuro y sin oportunidades. Sin embargo, nuestra intención en este caso no es centrarnos en el nudo de la trama, sino más bien en cómo se puede reemprender el camino hacia un desenlace positivo, usando las herramientas narrativas a disposición.
Según Ricoeur, la característica fundamental de la propia identidad no es que esté constituida de una vez para siempre, sino que el hombre puede, sobre la base de ciertos aspectos objetivos de su naturaleza, reconfigurar su realidad^8^. La metáfora es el corazón de esta posibilidad de innovación. Se trata de "una figura de discurso que presenta de manera abierta, por medio de un conflicto entre identidad y diferencia, el proceso que, de manera encubierta, engendra las áreas semánticas por fusión de las diferencias dentro de la identidad" ( Ricoeur, 2001, p. 265). En ese sentido, el relato personal solo se concluye con la muerte, aunque la narración de nuestra historia pueda quedar en manos de otros para convertirse en un paradigma positivo o negativo de cómo afrontar el drama de la existencia^9^. Mientras haya posibilidad de vivir, habrá posibilidad de seguir adelante, de apoyarse en el otro y de intentar reconstruir e innovar el camino.
Esta posibilidad de cambio de suerte es inesperado y, muchas veces, inexplicable a primera vista porque muchos episodios de la vida humana que marcan la existencia son difíciles y causan abundantes sufrimientos. Especialmente, cuando esos sufrimientos son injustificados e inexplicables. Sin embargo, el cambio de suerte es posible y es precisamente lo que nos invitaron a considerar algunas metáforas que las mismas entrevistadas usaron y que también dan pie a proponer algunos elementos de cómo afrontar el abuso en forma narrativa. Decía una de las entrevistadas:
"Antes sentía inocencia, quizás se diría que todo era como un cuento donde había un príncipe azul, una princesa, cosas bonitas. Pero, después se convirtió en un cuento de terror [...] Hoy siento que me quedé con el bichito de que la vida puede terminar como una película, un cuento de hadas y todavía lo pienso, todavía me gusta, no lo sé. De la vida espero, un cambio, un giro y que todo sea como en mi cabeza me imagino" (Testimonio VII).
Se trata de una metáfora^10^ que encierra el completo transcurso de un relato, es decir, de un "cuento de hadas" en donde, con inocencia, la vida trascurre idealmente como si no hubiese males o dificultades. Quizá la vida debería ser así, pero no se puede ocultar que normalmente sucede lo contrario. De esa forma, habría que considerar que el cuento de hadas también tiene nudos narrativos que ponen en aprieto a los protagonistas. Ciertos sufrimientos y males constituyen la base para que el protagonista de la trama descubra sus verdaderas fuerzas y debilidades, para que pueda enfrentar su propia realidad y orientar sus acciones hacia la felicidad que ellas mismas intencionalmente buscan.
Estos sufrimientos y males son eventos que hacen de la vida un relato digno de ser relatado (Ricoeur, 2013a, p. 188). Las malas historias no tienen nudos, ni generan expectativa. Al ser "planas" no emocionan, no causan identificación y, por eso, no purifican las pasiones ni causan reflexión en el espectador. Comprender esto y ponerle un nombre al sufrimiento ( Payne, 2002, p. 89), que parece algo banal y sencillo, es agregarle un nuevo ingrediente al relato, en realidad una nueva perspectiva en la que este se abre y permite la resimbolización del pasado^11^. En otras palabras, es importante reconocer el mal padecido, ponerle un nombre o darle una forma para saber el enemigo que estamos enfrentando y poder luchar contra él.
El tiempo perdido puede ser, de esa forma, tiempo recobrado^12^. El hombre puede resignificar el tiempo que consideró una vez como inservible, inútil o sin sentido. Así, busca el tiempo olvidado, recobrar el tiempo derrochado dándole un nuevo curso a su existencia y perdonando sus experiencias negativas del pasado para convertirlas en una provocación a actuar de otro modo. La vivencia del tiempo une el pasado y el futuro en el presente del recobrar, pues, lo que fue se convierte en signo del futuro. Un camino recorrido que apunta hacia una dirección precisa en donde el tiempo que parecía inexorablemente perdido en la nada, en la angustia y el dolor sin sentido, se convierte en signo de un camino que se desarrolla en el futuro. Este hecho lo atestiguan algunas entrevistadas que prometían ayudar con sus casos a que otras personas no pasaran por la misma situación o a disponer parte de su vida al servicio al prójimo:
"Me gustaría en el futuro lograr abrir algo de ayuda, ya sea para los abuelitos o para las personas que hayan pasado lo mismo que yo", "la vida no te da nada gratuito, uno tiene que buscárselo. Por eso, espero hacer bien las cosas para que mis hijos sean profesionales, tengan buena salud. Espero acompañarlos un buen trayecto de su vida".
La metáfora del tiempo perdido y recobrado muestra que el tiempo vivido puede asumir distintas significaciones y por tanto reflejar múltiples maneras de experimentarlo. Un mismo evento puede asumir un sentido positivo o amenazante en función del modo cómo la persona se pone frente a él y, especialmente, de cómo lo pone frente a la realidad, frente a los demás y frente a lo Trascendente ( Contreras Tasso, 2019, p. 36).
Como indica la metáfora, el tiempo que se pierde, que se malgasta o que se padece, se puede recuperar, no como más tiempo ni como un borrón en la propia historia, sino como provocación. Cerrarse en el pasado genera lo contrario, es decir, un círculo cerrado en el que el tiempo se pierde cuantas veces se revisite su memoria, con lo que la persona se revictimiza continuamente. El pasado se convierte en un fardo insoportable que impide la vivencia del presente y la proyección del futuro. El deseo de cambiarlo se convierte en obsesión. Por ello, el relato truncado implica una perspectiva sobre sí mismo que fagocita la capacidad de proyectarse, de ver la vida de otro modo.
Según lo anterior, cuando el paciente se encuentra con el terapeuta o acude voluntariamente a terapia, narra para reproducir su experiencia y trata de hacerla comprensible, en modo que el receptor (analista) entienda su experiencia de sufrimiento. Por esa razón, el acento en la resimbolización del tiempo concede un valor importante a la palabra y al lenguaje en referencia a la alteridad. La razón es que, mediante el relato de experiencias traumáticas o difíciles, la persona y su próximo podrán "intervenir" en la propia experiencia de vida para deconstruir el dolor, encontrar nuevas vías para seguir con la historia y permitir asumir otras perspectivas. "Diríamos que la interpretación es el proceso por el que el descubrimiento de nuevos modos de ser proporciona al sujeto una nueva capacidad de conocerse a sí mismo" ( Ricoeur, 2017, p. 85). Este proceso, que se podría llamar de continuo reconocimiento de sí mismo, permite a la persona darle sentido a su temporalidad y, ante los nudos narrativos, darle nuevas reconfiguraciones en las que lo recobra, lo hila y obra activamente en orden al final narrativo que presupone ( Dastur, 2015, p. 262). Para lograr esto, resultaría también de gran utilidad dar a las víctimas algunos ejemplos de casos literarios o reales en los que pueda identificarse y descubrir una alteridad comparativa hacia la que pueda proyectar su realización personal (Ricoeur, 2011b, p. 611ss). Con ello, aunque parezca contradictorio, fuerza y debilidad se ponen en conjunto, como la metáfora que une lo perdido y lo recobrado como forma de ir más allá de la memoria para alcanzar el futuro de la promesa.
En consecuencia, el cuento de hadas sigue siendo cuento de hadas porque la historia no se cierra en sus nudos, sino que busca el final heroico de la epopeya. Cuando las personas aceptan este modo de configurar su vida, a pesar del dolor, su perspectiva cambia y se escuchan así:
"El hecho de que ninguna película es buena si no tiene un episodio difícil hace que no me rinda. Por eso digo, algún día va a cambiar, va a ser como lo imagino. Tengo que hacer cosas, es cierto, porque no hay magia como en los cuentos de hadas, esa es la única diferencia, pero eso lo que me dice es que la historia como que sigue, como que avanza".
DISCUSIÓN
Tomando en cuenta la relevancia de la metáfora del tiempo recobrado, resulta necesario presentar un marco psicológico en el que pueda llevarse a cabo la reconfiguración del tiempo por medio del relato. De este modo, consideramos la terapia narrativa como una forma de psicoterapia que incluye muchos de los presupuestos que presenta Paul Ricoeur, que podrían responder a aquella necesidad de la víctima de poder narrar su experiencia y brindarle unidad y coherencia.
La terapia narrativa fue propuesta por White y Epston en 1990. Dicho procedimiento se enfoca en identificación de relatos patologizantes, saturados y dominantes con los que la persona expresa sus padecimientos. Los autores australianos proponen encontrar "relatos alternativos" con potencial curativo. Para lograr esta narración paralela, organizan la intervención en distintas etapas: externalizar el problema según una perspectiva de tercera persona, descubrir sus daños en la autocomprensión^13^ y proponer un nuevo relato alternativo orientado sutilmente a contradecir aquel dominante. Finalmente, cuando la víctima se siente empoderada en su propio relato, se le orienta para que encuentre otro significado a la experiencia dándole más sentido y coherencia ( White y Epston, 1993, p. 27).
En este contexto, el papel del terapeuta es ayudar a la víctima a reinterpretar su relato, el mismo que se encuentra cerrado en el nudo y que encuentra casi imposible abrirse a un nuevo desenlace en su historia. De acuerdo con Ricoeur, esta tarea resultará especialmente difícil cuando la narración de la persona se encuentra cargada de elementos negativos, siendo función del terapeuta hacer que la persona vuelva sobre su relato para reconocer aspectos que podría haber olvidado y que resultan útiles para unificarlo y volver a otorgarle el orden que había perdido. Por ello, se dice que la trama es susceptible de ser continuada y que la persona es capaz de asumir nuevos sentidos mediante un acto creativo (metafórico), mediante la interacción con el otro.
El modelo de configuración de la trama que hemos presentado es coherente con este tipo de intervención. Sin embargo, proponemos al menos tres ajustes. En primer lugar, como piensa Ricoeur, no hay un abismo entre la descripción y la prescripción. Por el contrario, el acto narrativo manifiesta las estructuras éticas que presuponen una valoración de la experiencia (2006, p. 108). Por ello, si bien es sano que el terapeuta no emita juicios de valor que entorpezcan la terapia o generen desconfianza, no se debe perder de vista que aquello que realmente permite que la víctima se apropie adecuadamente del relato que narra su experiencia de dolor, es la responsabilidad. Aquello que señala en última instancia el núcleo personal y que permite decir al protagonista heme aquí, soy yo quien lleva adelante esta historia ( Ricoeur, 2020, p. 211). Esta responsabilidad es siempre frente al otro y exige la humilde apertura a la verdad. Por ello, insistimos en el carácter intrínseco y extrínseco de la alteridad del relato. Quienes escuchan un relato de abuso, deben ser conscientes que todas sus reacciones y acciones verbales y no verbales afectan el relato de la víctima.
Con lo anterior, no negamos la importancia que la terapia narrativa otorga al hecho que la persona debe ser el protagonista y verdadero autor de su historia. Pero lo complementamos con el hecho que la inteligibilidad del relato exige la alteridad por constitución. De esa manera, el terapeuta debe ser responsable de su acción en el relato del otro. Todas sus posturas tienen un significado ético en el otro, por ello, debe llevar la terapia pacientemente por el camino de la aceptación y de la verdad. Por esa razón, en segundo lugar, proponemos que lo que debe ser alternativo no es el relato, sino la perspectiva con la que se cuenta y asume.
La narrativa en ese caso pretende configurar la experiencia de la realidad, no deformarla. Si bien esto parece implicar un mayor tiempo de intervención y acompañamiento, intenta proponer un real camino hacia la aceptación, el perdón y la resimbolización del tiempo. En esta misma línea, la crítica a las ideologías debe asumirse como una verdadera búsqueda de la verdad. Usar etiquetas sociológicas permite trasferir la responsabilidad a causas externas, pero causa rencor y sentimientos adversos frente a la naturaleza social de la vida humana. El terapeuta debe ser consciente que empoderar a la víctima no significa convertirla en partidario de alguna ideología que la justifica. Consideramos que la narrativa del abuso debe nacer de una postura realista no ingenua más que de una hermenéutica posmodernista que no tiene dificultades para poner al mismo nivel de verdad las distintas interpretaciones acerca de la realidad ( Quintero y Andrade, 2012, p. 50).
Por último, como tercer ajuste, proponemos tener siempre en cuenta que se debe poner siempre a la persona humana y su dignidad al centro del relato. La persona abusada va reconociendo nuevamente su dignidad y va tomando de nuevo control sobre la estima de sí y el afecto por el otro. Es un proceso que suele tardar tiempo. Sin embargo, lograr que esta se reconozca en su historia y en los hechos sin que se reduzca a ellos, marca el éxito del proceso. Es decir, que la persona no se reduzca al abuso padecido, sino que, apalancada en la fuerza de la libertad que le ofrece la nueva perspectiva, sepa encadenar nuevos cursos de acción hacia los que orientar su realización y felicidad en tanto persona humana.
NOTAS
- Las participantes fueron invitadas por profesionales de la salud a formar parte del presente proyecto. Una vez aceptada la invitación, se les expuso el objetivo principal y las implicancias del estudio. Su participación fue voluntaria y fueron conscientes que podían retirarse en cualquier momento de la entrevista, sin tener que dar justificación de la causa y sin que esto tenga consecuencia alguna. Asimismo, se les brindó la información de los investigadores a cargo del estudio, los que se encontraban en la obligación de aclarar preguntas o dudas que pudieran presentar. Finalmente, dichas consideraciones fueron expuestas en el consentimiento informado que los participantes leyeron y dejaron constancia de haberlo comprendido a partir de la firma de este.
- La palabra mimesis se ha usado a propósito para evocar la redefinición ricoeuriana del mythos como disposición inteligible de los hechos. Con esta acepción de mimesis se intenta evitar su interpretación como simple repetición o imitación (con menor grado de realidad) de un acto.
- Ricoeur asocia la recepción a los fenómenos de la explicación, comprensión, atestación y apropiación (o aplicación). Este aspecto podrá ser retomado en otros estudios que analicen de forma pormenorizada el impacto en la víctima del fenómeno de la recepción. Para profundizar un poco más en la teoría ricoeuriana de la refiguración, se puede consultar el capítulo cuarto de Teoría de la interpretación (1995, p. 83ss)y el capítulo cuarto de Tiempo y Narración III (2009b, p. 864ss)en donde Ricoeur estudia la intersección entre el mundo del texto (el relato en este caso) y el mundo del lector (el sí mismo como intérprete y el otro como receptor).
- Las citas han sido levemente retocadas en términos sintácticos para lograr una mejor comprensión.
- Según el estudio de Marta Torres, el abuso sexual desata sentimientos de culpa, vergüenza y baja autoestima que confluyen en la sensación de suciedad ( Torres Falcón, 2015 ).
- "La respuesta usual ante un evento traumático es la necesidad de eliminarlo de la conciencia, pues resulta imposible pronunciarlo en voz alta. No obstante, pese a que existe esta necesidad de olvido, el trauma se rehúsa a ser enterrado o a descansar hasta que se le escuche. Contar la historia con la verdad resulta imperioso para volver a establecer el orden" ( Herman, 2004, p. 17 ).
- "La falta de apoyo social podría generar la fijación del trauma. Si la víctima recibe una aproximación comprensiva, los síntomas podrían mitigarse; mientras que, si recibe un acercamiento hostil, podría empeorar la sintomatología traumática. Aquel sentido del yo que ha quedado destruido, solo podrá ser recuperado de la misma manera en la que se construyó: en relación con los demás" ( Herman, 2004, p. 108 ).
- "La historia de una vida se constituye por una sucesión de rectificaciones aplicadas a relatos previos, de la misma forma que la historia de un pueblo, una colectividad, de una institución, procede de la serie de correcciones que cada nuevo historiador aporta a las descripciones y a las explicaciones de sus predecesores, y, progresivamente, a las leyendas que han precedido este trabajo propiamente historiográfico [...] Lo mismo sucede con el trabajo de corrección y rectificación de la transelaboración analítica: un sujeto se reconoce en la historia que se cuenta a sí mismo sobre sí mismo" (Ricoeur, 2009b, p. 999).
- El relato es como una obra que queda en manos de los espectadores para convertirla en monumento o simplemente dejarla desaparecer con la erosión del tiempo. En otras palabras, se puede decir que "los hombres pasan, sus obras permanecen" (Ricoeur, 2009b, p. 808).
- "La metáfora se presenta entonces como una estrategia de discurso que, al preservar y desarrollar el poder creativo del lenguaje, preserva y desarrolla el poder heurístico desplegado por la ficción" ( Ricoeur, 2001, p. 12 ).
- "El terapeuta anima a las personas a hilvanar estos desenlaces en una narrativa paralela, que cambiará eventualmente el relato dominante al completarlo y contrapesarlo. El proceso de narrar y renarrar, tanto dentro como fuera de la terapia, permite a las personas adoptar una nueva actitud ante sus problemas y elegir la forma en que prefieren vivir sus vidas" ( Payne, 2002, p. 123 ).
- Il découvre ainsi l'importance que joue, dans la cure analytique, la récupération symbolique du passé traumatique. Pour Ricœur, en effet, c'est le narratif qui constitue l'élément central de l'analyse: les symptômes ne sont-ils pas, de ce point de vue, des "bribes de récit incohérents", les rêves du patient n'arrivent-ils pas à l'expression en tant que rêves racontés, la mémoire n'estelle pas le lieu fragmenté, déchiré par des souvenirs refoulés? Finalement, le but ultime de l'analyse n'estil pas "la restructuration de l'ensemble des rapports de soi avec les autres et avec soimême", par la pratique de "raconter autrement" des fragments douloureux du passé?( Marinescu, 2020, p. 73 ).
- La terapia narrativa exige en este punto el análisis del contexto político o cultural en donde ocurrieron los acontecimientos con la intención de "desmitificar" algunas presiones de carácter social que hacen a la persona sentir vergüenza o sentirse juzgada a priori por lo que le sucede.