PREFACIO
En la niñez, ese nombre se me trababa en la lengua. Lo doblaba y lo retorcía, supongo que intentando dilatar el momento inevitable en que tendría que escupirlo.
He intentado empujarlo al fondo, pero sigue ahí. Tras todas estas décadas, sigue ahí. Las mismas tres sílabas burlonas. La misma oleada interna que quisiera estallar en un rechazo rotundo, gritar que eso no soy yo. Las palabras siguen sintiéndose como cuerpos extraños, pequeñas piedras de bordes ásperos, cada letra A una punta cortante.
Tratar de explicarlo se siente tan idiota. Incluso esa denominación, persona no binaria, suena tan… incómoda, tan desencajada. Tan artificial, como una cuña mal hecha, metida a la fuerza donde no tiene lugar. Soy… lo que soy. Nunca he sido otra cosa.
Me piden una explicación lógica, y no la tengo. ¿Cómo iba a tenerla, si resulta que hasta los postes y las sillas son masculinos o femeninos? Pero es. Lo siento de una forma primaria, visceral, aunque mi mente razone que sería más fácil tragárselo. Evitarme las explicaciones, el ridículo, la soledad.
APERTURA
El fragmento anterior es parte de un texto personal que escribí hace años. Creo que entonces buscaba abordar de alguna forma la exigencia constante de explicar qué significa ser una persona no binaria, o de intentar sin mucho éxito sacar esa experiencia del lugar del sinsentido para convencer a otros de mi derecho a vivirla. Quizás me movía sobre todo el afán de convencerme a mí misme, de ayudarme a sortear ese segundo incómodo después de decir que soy psicólogue, o de plasmar de algún modo el desajuste casi físico existente entre mi experiencia de género y las posibilidades del mundo lingüístico que habitamos.
Esta tensión entre la vivencia íntima del género y las posibilidades del lenguaje no es individual ni anecdótica, sino que constituye un nudo de malestar en las narrativas de muchas personas de género no conforme. La literatura reciente recoge distintos aspectos de las dificultades que implica existir en un esquema lingüístico estrictamente binario y cisnormativo, entre las que se cuentan las barreras para entender y explorar la propia identidad (McDonald, 2021), o para que otres la entiendan o la reconozcan (Thorne et al., 2023), e incluso la frustración de no ser capaz de explicarla (Cordoba, 2023). Por otra parte, la naturaleza cisnormativa y binaria del lenguaje implica ser clasificade en una u otra de las dos categorías disponibles en prácticamente cada interacción social. En idiomas altamente generizados, como el español y otras lenguas romances, la marcación de género obligatoria en múltiples estructuras gramaticales hace muy difícil expresarse de forma no binarizada. Les hablantes no solo se ven sujetes a la atribución de género por parte de sus interlocutores, sino que también deben necesariamente referirse a sí mismes en masculino o femenino…, o bien posicionarse explícitamente y utilizar innovaciones morfológicas no normativas, como “-e”, en el caso del español. El uso de estas estrategias lingüísticas puede tener un impacto positivo en la autoafirmación y la visibilidad de las experiencias de género no binarias (Mirabella et al., 2026), y actualmente más personas consideran aceptable que otre las utilice, aunque ellas mismas continúen hablando de forma estrictamente binaria (Bonnin & Coronel, 2021); sin embargo, es innegable que usarlas implica exponerse a reacciones adversas como rechazo, burla y/o invalidación (Funes & Romero, 2022).
En este escenario, la tensión entre la vivencia íntima del género y las posibilidades de un lenguaje tejido en el marco social binario no se reduce a la toma de decisiones con fines comunicativos. Es una experiencia afectiva y corporal que atraviesa la vida cotidiana y que para muches queda enredada, sin resolver, sin lograr siquiera hacerse un lugar en el espacio consciente. Las personas no binarias, como muchos otros grupos excluidos del espacio de lo inteligible, necesitamos un lenguaje más sensible, imposible de confinar a las reglas de la Real Academia Española (RAE). Uno que permita abrir, explorar y multiplicar los sentidos y presencias sin pretender resolver. Eso es lo que logra la escritura como arte: crea espacios donde lo indecible tiene lugar a través de las palabras y, a la vez, más allá de ellas. La literatura, al moverse al borde de la norma, permite abrir lo indecible: crear atmósferas que exceden el código lingüístico y transmiten intensidades (Milosavljević Milić, 2020). Así lo descubre Ábel, protagonista de Los rebeldes, del autor húngaro Sándor Márai (2011), recordando una escena de Guerra y Paz:
recordaba a menudo la escena que más le había impresionado: el duque acaba de llegar del campo de batalla y encuentra a su esposa muerta, en cuyo rostro aún se lee el trágico reproche: “¿Qué me habéis hecho?”. Fue como una revelación para Ábel: alguien había conseguido transmitir en una sola frase algo casi imposible de expresar con palabras. Algo que quizá constituía la propia esencia de las relaciones humanas. “¿Qué me habéis hecho?” (p. 26).
Es con esta convicción que decidí implementar un taller de escritura creativa dirigido a personas no binarias, como espacio donde construir escrituras capaces de exceder el lenguaje normativo y abrir atmósferas de reconocimiento. A raíz de esta experiencia, se desarrolla la presente exploración metodológica con base empírica, que pretende articular la teoría del reconocimiento de Axel Honneth (1996) con la estética páthica propuesta por Griffero (2019), como herramientas para la investigación cualitativa en psicología y estudios de género.
El objetivo que se plantea este trabajo es proponer la lectura atmosférica como aproximación metodológica capaz de alojar las experiencias de (des)reconocimiento de personas no binarias en Chile, explorando su potencial para dar cuerpo y presencia a vivencias que desbordan la inteligibilidad normativa del lenguaje. Al hablar de lectura atmosférica me refiero a una forma de leer, basada en la noción de atmósferas desarrollada por Anderson (2009) y Griffero (2014, 2021), que busca detenerse en las resonancias afectivas que emergen en el encuentro situado entre el texto, su autore y quien lo lee. En lugar de asignar un sentido fijo a los escritos, esta propuesta se centra en la cualidad afectiva y sensorial del encuentro con las creaciones. Al privilegiar una aproximación atmosférica por sobre una hermenéutica de la representación, el método permite que lo ininteligible adquiera cuerpo y presencia sin necesidad de clausura semántica.
LA MATRIZ DEL GÉNERO BINARIO Y LA PRODUCCIÓN DE LO ININTELIGIBLE
Para la mayoría de las personas dentro de nuestra matriz social y cultural, la división de los seres humanos en categorías binarias de género se presenta como una verdad biológica, dada y natural. Sin embargo, como argumenta Ciccia (2022), esta distinción constituye una “invención” histórica y científica consolidada con fuerza a partir del siglo XVIII, que obedece a una necesidad socioeconómica de jerarquizar los sexos. Bajo esta lógica, el binarismo opera como una herramienta de poder que naturaliza que las posibilidades de cada sujeto estén rígidamente determinadas al servicio del modelo económico, facilitando un orden social estratificado que asegura tanto la producción de capital como la labor reproductiva y de cuidados. El discurso que dicta la existencia de dos categorías naturales de ser humano, cualitativamente diferentes y excluyentes entre sí, cumple una función clave en el sostenimiento del orden social (junto a otras, como las de raza, edad y clase), asignando a cada sujeto roles/estereotipos específicos y reconocibles, así como un lugar determinado en el entramado de poder (Ciccia, 2022).
Considerando la centralidad que las categorías de género tienen para nuestra estructura cultural y social, no es extraño que la pertenencia a una u otra constituya un eje fundamental en la formación de la identidad y experiencia vital de las personas. Identificarse o ser categorizade como hombre o como mujer juega un rol importante en la formación del autoconcepto, y la influencia de esta adscripción atraviesa toda interacción social (Scandroglio et al., 2008); se espera que el género asignado determine en buena medida la forma en que cada une puede existir en el mundo, tanto en lo subjetivo como en lo conductual (Joel, 2021). Así, cualquier posibilidad que escape a la dicotomía hombre/mujer queda en el lugar de la desviación o, incluso, de lo innombrable o incomprensible (Medina Altamiranda, 2022; Tan et al., 2020). Desde la perspectiva de Honneth (1996), existir como sujeto pleno requiere el reconocimiento de otres dentro de un marco de inteligibilidad, de modo que la exclusión de dicho campo no constituye solamente un perjuicio simbólico, sino también un daño moral y vincular que erosiona la construcción del sí misme y la posibilidad de agencia.
A partir del análisis de la performatividad de Butler realizado por Barquet et al. (2024), se comprende que habitamos una matriz de sentido (cis)heterosexual que produce sujetos calificados como “naturales”, mientras expulsa aquello que no encaja al terreno de lo ininteligible. La diversidad de género solo se vuelve nombrable, aunque como otredad “abyecta”, “anormal” (Barquet et al., 2024), en la medida en que se desplaza de una categoría a la otra de forma radical y definitiva, en un tránsito que incluye la alteración del cuerpo, la expresión y la conducta. Las vivencias de género más fluidas, ambiguas o no lineales están expuestas a una presión estructural constante, tanto externa como internalizada, para adecuarse a una narrativa de género legible desde el discurso dominante. Incluso en espacios con intenciones de afirmación de la diversidad, las experiencias no binarias tienden a ser invalidadas, ignoradas o presionadas a amoldarse a una concepción binaria e inmutable de la identidad (Galaz, Álvarez, & Morrison, 2021; Murawsky, 2023). En el contexto chileno, esta presión se traduce en prácticas institucionales vigentes en las que, bajo una apariencia de inclusión, se terminan reforzando guiones normalizantes que ignoran la fluidez de las vivencias situadas. Como señalan Galaz, Troncoso y Bravo (2021), tanto en los ámbitos de la salud como de la educación en Chile el reconocimiento suele quedar supeditado a la inteligibilidad binarista, lo que perpetúa la exclusión material y simbólica de quienes no se ajustan a dicho esquema. Así, la experiencia de género no binaria no solo queda fuera de los marcos del reconocimiento, sino que habita un espacio vacío de significado: lo incomprensible, ininteligible e inarticulable. Uno de los espacios donde este patrón se vuelve especialmente visible y violento es el lenguaje mismo: el lenguaje normativo (el de la RAE y el de los discursos científicos, legales y clínicos) exige definición y finitud. En contraste, la experiencia no binaria muchas veces es fluida, no lineal, borrosa e inasible para esta lógica lingüística. Este sesgo no solo atraviesa el lenguaje institucional y cotidiano, sino también la forma en que producimos conocimiento. Pese al surgimiento en distintas disciplinas de giros epistemológicos que reconocen formas de conocimiento no discursivas, seguimos inmersos en un paradigma discursivo-racional: el mundo se construye desde un lenguaje científico occidental que margina todo aquello que no pueda formularse dentro de sus límites de sentido (Hoagland, 2020).
Frente a esta exclusión epistémica, surge la necesidad de explorar otras formas de expresión y conocimiento que no dependan exclusivamente de la inteligibilidad normativa. En este punto, la estética y, en particular, la noción de atmósfera ofrecen una vía posible para alojar experiencias que resisten la clausura del lenguaje normativo.
ATMÓSFERAS Y RESONANCIAS
El psiquiatra argentino Marcelo Pakman (2014) sostiene que toda vivencia afectiva necesariamente se asienta en un plano prelingüístico, en una dimensión primordial que señala como condición de posibilidad para el desarrollo de los procesos de significación. Siguiendo su teoría, el ser humano genera en su encuentro con el mundo un sentido experiencial que escapa al lenguaje, previo al filtro de lo reflexivo y que no puede ser completamente capturado por la narrativa o los discursos. En el caso de experiencias como la del género no binario, que se sitúan en un lugar de ininteligibilidad social y lingüística, es la vivencia completa la que queda en ese territorio que, bajo la hegemonía epistemológica del giro lingüístico, se ve expulsado del campo de lo visible (Pakman, 2014).
Ello no significa, sin embargo, que dichas vivencias no puedan ser expresadas o exploradas desde otros marcos y epistemologías. En particular, desde perspectivas capaces de acoger sus manifestaciones afectivas, relacionales y corporales; marcos que no solo toleren su indeterminación, sino que la sostengan, que habiliten espacios donde lo que excede las posibilidades del lenguaje normativo pueda habitarse. Una alternativa para aproximarse a esta y otras vivencias marginadas de la inteligibilidad normativa es abrirse a lo que Tonino Griffero (2019) denomina una estética páthica. Se trata de una forma de involucramiento que implica dejarse afectar por la experiencia sin pretensión de convertirla en algo que deba ser resuelto, reducido o traducido a categorías externas. Acercarse a lo páthico requiere una disposición a conectar con la dimensión atmosférica de la experiencia, un plano sensible que precede o incluso excede a la interpretación. La atmósfera, según la definición que Griffero (2021) desarrolla a partir de autores como Hermann Schmitz y Gernot Böhme, es una producción relacional: un emergente en el encuentro entre el sujeto y el mundo. Se trata de una noción inherentemente ambigua, “un algo indefinido e indefinible, que excede la explicación racional y las posibilidades de una definición clara. Algo que vacila al límite de lo decible” (Anderson, 2009, p. 78). Y sin embargo, o quizás debido a ello, tiene la capacidad innegable de atraparnos y atravesarnos (García, 2024). En suma, de afectar el cuerpo-sentido o Leib, concepto que Griffero retoma de Husserl y Merleau-Ponty para distinguir el cuerpo factual de la experiencia corporal vivida desde dentro, no como objeto físico, sino como caja de resonancia afectiva.
Aunque se trata de un fenómeno afectivo, la atmósfera no se reduce a emociones internas, individuales o privadas. Y aunque se forma en la relación con objetos, circunstancias o situaciones externas, tampoco reside en ellos. Es más bien un campo de afectación compartida en el que confluyen actores humanos y no humanos, una producción colectiva pero que aun así se siente “intensamente personal” (Anderson, 2009, p. 80). Como señala Griffero (2014, p. 21), este campo es necesariamente situado e imposible de dehistorizar: tanto los cuerpos que perciben como los objetos con los que se relacionan están habitados por tramas sociales, lenguajes y memorias que no solo median, sino que actúan como agentes de sentido.
Desde esta perspectiva, no es posible pensar la afectación atmosférica como algo pasivo o meramente receptivo. Las atmósferas no solo son percibidas, sino que afordan. Tal como explica García (2024), el concepto de affordance se originó en la psicología ecológica para nombrar las posibilidades de acción que el entorno ofrece a un organismo: por ejemplo, un árbol aforda trepar para un mono y comer para una jirafa. Griffero traslada este concepto al plano afectivo y atmosférico. Allí, las affordances no implican acciones funcionales, sino disposiciones afectivas y resonancias corporales. Un silencio puede afordar respeto, solemnidad o incomodidad; una cocina pequeña, con una tetera silbante y aroma a pan tostado, puede afordar calidez, cuidado o nostalgia. Estas sensaciones no siempre pueden traducirse a significados, pero son reales en tanto se sienten. Ahora bien, si asumimos que la atmósfera emerge en el encuentro entre el cuerpo-sentido y la situación, entonces es lógico concluir que no existe una atmósfera objetiva para un texto, una escena o un objeto. Lo atmosférico siempre tiene una cualidad inconclusa y cambiante, ya que existe en un perpetuo movimiento de formarse, deformarse, aparecer y desaparecer, según los cuerpos entran en relación (Anderson, 2009). La mirada atmosférica es incompatible con una pretensión de estabilidad y universalidad, y sus posibilidades son tantas como las resonancias que pueda generar.
Abrirse a esta dimensión no implica analizar ni explicar lo sentido. Por el contrario, se trata de sostener una experiencia previa a la reflexión o a la atribución cognitiva, y de enfocar la lectura en qué se siente y cómo se siente (Griffero, 2014). Así, experiencias como la del género no binario, que muchas veces quedan fuera de los marcos del lenguaje inteligible, pueden hacerse presentes no en forma de significados claramente definidos, sino de manifestaciones atmosféricas. Lo que no puede ser dicho sí puede transmitirse como resonancia corporal, como afecto sin forma, como cualidad vibrante que no se deja traducir, pero que insiste en hacerse espacio.
LA ESCRITURA COMO EXPERIENCIA SENSIBLE
¿Cómo aproximarnos, entonces, a una dimensión que por definición no se deja atrapar por los medios lingüísticos tradicionales? Una posible respuesta invita a mirar las prácticas y lenguajes artísticos, pensándolos como andamiajes que no buscan analizar ni traducir racionalmente las experiencias, sino resonar con ellas. La incorporación de procesos artísticos en la investigación ha demostrado ser una vía fértil para explorar lo que excede a los métodos convencionales, ya que permiten abrir un espacio en el que se disuelven los dualismos entre lo reflexivo y lo corporal, lo articulable y lo que solo puede sentirse, entre la experiencia individual y sus ensamblajes sociales (Gaete et al., 2023).
Si bien distintas formas de arte (plásticas, performativas, sonoras) ofrecen la posibilidad de poner en el mundo lo que escapa al lenguaje racional, mi interés se orienta específicamente al potencial de la escritura creativa para sostener la expresión de vivencias como la del género no binario. La expresión literaria tiene la particularidad de servirse de las palabras sin deberle obediencia a la norma lingüística, reconfigurándolas para transmitir imágenes, sensaciones y afectos que no necesariamente remiten a significados definidos. En efecto, la escritura artística permite a autore y lectore subvertir la relación con el signo y jugar con la textura estética y sensorial de la lengua en su ambigüedad. El acto de escribir/narrar/leer habilita la manifestación de fenómenos de naturaleza corpórea, así como de experiencias poco tradicionales, relacionadas con los conceptos de tiempo, identidad y racionalidad (Elwood et al., 2017).
Gracias a su capacidad de construir evocaciones emocionales y sensoriales (Lindauer, 2009), la escritura como arte crea una rendija ideal para el trabajo con la imaginación en los términos en que la propone Pakman (2014): un esfuerzo de la percepción, la memoria, la ficcionalización, el pensamiento y las emociones que, sin embargo, excede a todas estas funciones y no está subordinada a procesos de significación racionales. El uso de recursos como imágenes, ritmos, metáforas y pausas permite el surgimiento de una textura viva que sobrepasa el reflejo de someter la experiencia a las lógicas cognitivas habituales, adentrándose en la dimensión atmosférica. De hecho, no es casual que en “El nicho atmosférico…” (2021) Griffero recurra frecuentemente a extractos de distintas obras literarias (entre ellas de Poe, Rilke y Dickens) para ilustrar presencias atmosféricas imposibles de descomponer en conceptos lógicos.
Todo ejercicio de escritura es un proceso relacional: se desarrolla desde un lugar particular respecto de los otros y se orienta necesariamente hacia un público, aunque este sea internalizado (Phillips & Kara, 2021). En este sentido, y como plantea Anderson (2009), las atmósferas se producen en el entramado entre cuerpos humanos, no humanos y discursivos: el texto también puede pensarse como cuerpo que afecta y es afectado dentro de ese campo relacional y sensible. Ciertamente existen formas literarias que se inclinan hacia la representación, pero incluso en ellas el foco está puesto en el elemento experiencial, procesual y afectivo (Milosavljević Milić, 2020). La escritura como arte no exige cerrar ni resolver, sino buscar una relación de afectación entre autore, texto y quien lee (Phillips & Kara, 2021). La finalidad de una obra literaria es construir la experiencia en relación con un otro por medio de una estética páthica y sentible, que opera en un plano atmosférico. Diversos conceptos habituales al hablar de literatura (como los de eco, reflejo, resonancia, evocación, pulso, textura) pueden leerse como sinónimos de la atmósfera afectiva (Milosavljević Milić, 2020), pues designan modos de contacto textual que no se basan en la referencia literal o el significado explícito.
Las producciones artísticas compartidas en el taller existen como escenas vivas donde confluyen la corporalidad de su autore, la de quien lee, la materialidad del entorno narrado y el mundo simbólico compartido. Es en ese encuentro en el que se configuran atmósferas que disponen a sentir, más allá de la intelectualización, la vivencia de habitar una identidad ininteligible.
Un taller de escritura como espacio de creación atmosférica
Los textos que aquí presento fueron creados en el marco de un taller gratuito de escritura creativa para personas de género no binario, realizado en Viña del Mar, Chile, durante 2024. El taller fue diseñado y facilitado junto a una monitora con experiencia en talleres artísticos dirigidos a poblaciones diversas. Desde el inicio se buscó garantizar un espacio seguro, colaborativo y creativo, en el que la producción literaria no quedara subordinada a las exigencias de la investigación.
Participantes y consideraciones éticas
Participaron cinco personas adultas, todas autodefinidas dentro del espectro no binario. Todas ellas firmaron un consentimiento informado en el que se explicitaron los objetivos de la investigación, la voluntariedad de su participación, la posibilidad de retirarse en cualquier momento, la autorización expresa para utilizar los textos literarios producidos en el taller para la investigación y las medidas de resguardo del anonimato y confidencialidad de los datos. El proyecto, así formulado, incluyendo dichos resguardos y consentimientos, fue aprobado por el Comité de Bioética de la Facultad de Psicología de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (BIOEPUCV-H 741-2024).
Diseño y producción de textos
La propuesta metodológica se orientó hacia la ficción autobiográfica: un formato que, al combinar elementos biográficos con recursos ficcionales, permite trabajar la experiencia personal sin ceñirse al registro factual ni a la exactitud testimonial (Tamas, 2011). En lugar de privilegiar la técnica literaria, se enfatizó la producción espontánea y expresiva, incorporando recursos de la escritura creativa como medio de exploración sensible (Phillips & Kara, 2021).
El taller se desarrolló en seis sesiones de dos horas y media. Las cuatro primeras se dedicaron a la producción creativa y las dos finales a diálogos colaborativos sobre los relatos. Cada encuentro incluyó dinámicas iniciales de activación corporal y sensorial, conversación en torno a una temática definida, ejercicios creativos individuales y colectivos, momentos de escritura y finalmente una instancia de lectura grupal y retroalimentación sensible. Este momento no solo permitió compartir los escritos, sino que también funcionó como un primer espacio de resonancia colectiva.
Las sesiones se organizaron en torno a cuatro ejes: identidad, corporalidad, desreconocimiento y reconocimiento. El diseño incorporó movimiento, juegos de interacción y trabajo con objetos y materiales como formas de abrir la dimensión prerreflexiva y corporal de la experiencia, entendiendo al cuerpo como un actor activo en la construcción de sentido (Griffero, 2021). Más que producir textos acabados, el taller propició la emergencia de resonancias afectivas y atmósferas compartidas.
Procedimiento de análisis: del cuerpo-sentido a la escritura interpretativa
Las lecturas atmosféricas presentadas en este trabajo constituyen una elaboración autoral, pero no son externas a la experiencia del taller. Como coordinadore de las sesiones (incluyendo las lecturas colectivas y los diálogos colaborativos), mi escritura lleva entretejidas las voces, gestos y sensibilidades compartidos. En este sentido, se trata de una copresencia: son mis lecturas, pero al mismo tiempo no son solo mías, pues ninguna experiencia atmosférica es exclusivamente privada (Griffero, 2014).
El proceso de análisis es indisociable de mi posicionamiento como investigadore no binarie. Mi rol no fue el de un investigador externo, sino el de una subjetividad situada que, en copresencia con el grupo, practicó el reconocimiento e identificó estas resonancias como hitos significativos de (des)reconocimiento. Este ejercicio constituye un esfuerzo de interpretación afectivamente íntima, guiado por las atmósferas que emergen en mi encuentro con las palabras, sus imágenes, ritmos y tensiones.
Selección del corpus
Para realizar el análisis se seleccionaron cuatro relatos basándose en su capacidad de afectación grupal: es decir, aquellos textos que capturaron mayor atención, gatillaron más conversación y generaron una mayor resonancia afectiva entre les participantes durante el momento de lectura compartida de cada sesión. Esto último fue establecido a partir de los registros y notas de campo de las sesiones, así como de las impresiones de la cofacilitadora. La selección no respondió a una jerarquía técnica, sino a la potencia del relato para instalar un clima compartido en el taller.
Procedimiento de lectura atmosférica
El análisis se orientó a resonar con la cualidad afectiva del encuentro con el texto sin forzar una clausura semántica, enfocándose en cómo los relatos afordan disposiciones afectivas en quien los lee. Para ello se desarrolló una lectura atmosférica, procedimiento analítico que conecta la lectura de los textos con la construcción de las interpretaciones presentadas. Dicho proceso se articuló en tres etapas sucesivas:
a. Inmersión y captación del clima: se realizaron lecturas inmersivas y reiteradas de cada obra para dejar que la atmósfera del escrito se manifestara en la sensación previa a la reflexión cognitiva. El foco de atención no estuvo en la sintaxis, sino en el clima irruptivo que el texto instalaba.
b. Registro de resonancias en el cuerpo-sentido (Leib): utilicé mi propia corporalidad como caja de resonancia afectiva, registrando variaciones en la tensión, sensaciones y el ritmo que cada texto evocaba. Estas resonancias físicas funcionaron como el principal criterio de análisis, atendiendo a texturas, pulsos, ritmos y tonalidades. Por ejemplo, en el relato titulado “Yo, río”, el criterio fue el ritmo, que decantó en lo lúdico; en “Pechito trans”, la textura tibia y suave percibida como ternura.
c. Escritura interpretativa en resonancia: la transición desde la lectura hacia la escritura no fue un ejercicio descriptivo externo, sino una escritura que buscó mimetizarse con la cadencia y textura del texto original. Es importante precisar que esta instancia de interpretación no respondió a una interpretación arbitraria; por el contrario, surge del ejercicio consciente de la resonancia atmosférica para abrir nichos de presencia donde lo ininteligible adquiere cuerpo.
Esta recepción sensible de lo que el texto despliega no pretende agotar sus posibilidades ni fijar significados, sino abrir espacios de sentido que permitan vislumbrar ese resto inasible propio de la dimensión atmosférica: aquello que desborda las palabras y que sin embargo se percibe con claridad en la sensación. Este modo de lectura responde a una elección metodológica consciente: no se trata de interpretar desde el capricho individual, sino de acoger el carácter intrusivo e inefable de las atmósferas, tal como las han descrito Griffero y otros autores. Mis lecturas, aunque personales y situadas, se inscriben en la discusión más amplia sobre la inteligibilidad de los cuerpos e identidades no normativas, sus posibilidades de reconocimiento y sus formas de narrar una experiencia que no tiene lugar en el paradigma binario.
LECTURAS ATMOSFÉRICAS
Fluir
Yo, río
Mediante el procedimiento de inmersión, el texto se despliega con un ritmo juguetón y elástico. La repetición constante, las preguntas encadenadas y la sucesión de acciones, “juego, salto, nado, repito”, marcan una movilidad ágil, como si se tratara de una pelota de goma que rebota alegremente entre las paredes con movimientos libres y desinhibidos. Se percibe una tonalidad emocional lúdica que organiza la atención, que gatilla una disposición del Leib hacia un movimiento liviano y versátil. Siguiendo a Griffero (2021), se trata de una atmósfera que irrumpe, manifestándose en la sensación antes de que quien lee pueda siquiera pensar en asignarle significados.
Este carácter lúdico se refuerza en la elección léxica: verbos como jugar, saltar, disfrutar se repiten y dan un tono retozón que, sin embargo, se matiza con la irrupción de la palabra “calma” y otras de textura más áspera como “violento”, “muerte”, “me rompo” o “brusco”, introduciendo un contrapunto más cargado, menos infantil. La enumeración aparentemente azarosa de elementos, “mar, cerro, campo, café, agua”, añade un efecto de expansión sensorial desordenada, como si la voz se desplazara sin rumbo fijo por todo un abanico de evocaciones.
En medio de esta sensación flexible, risueña y huidiza se introduce un matiz distinto: “Quisiera ser mar/elijo ser mar”. La voz no se dispersa aquí en el juego ni en el salto de una cosa a otra, sino que, por un segundo, se unifica en una certeza serena. Esta vibración más introspectiva no rompe con la atmósfera lúdica general; la templa desde otro registro. En la corriente confluyen el espíritu ligero que salpica y salta, entrelazado con un “yo” que sostiene, integrándose orgánicamente a la cadencia ágil del texto.
El cierre con la imagen del precipicio y la cascada intensifica esta atmósfera: no solo se describe la caída, sino que se performa una sensación de catarsis expansiva. La lectura aforda una sensación de liberación ligada al desborde. Arrastra la conciencia en su fluir, que choca y se impulsa de vuelta, se dispersa y estalla, arrastrando a quien lee en su torrente.
Latir
Pechito trans
La inmersión en este poema instala desde el inicio una atmósfera de ternura y fragilidad. El diminutivo “pechito” convoca una imagen corporal íntima que se manifiesta en el Leib como una textura tibia, suave, dulce. La atmósfera aforda un impulso casi instintivo de protección: una envoltura cuidadosa que se despliega para resguardar algo frágil. Se me aparece la sensación de alguien encogido y protegiéndose el corazón con las manos, hablándose a sí misme en un susurro tranquilizador. La atmósfera es de una dulzura tranquila teñida de suave melancolía. La elección léxica (“temor”, “soledad”, “pechito”) no es anecdótica, porque genera un campo afectivo donde la voz poética se manifiesta simultáneamente vulnerable y entrañable, creando una resonancia sentida que invita a acercarse con cuidado. Esta textura de fragilidad se ve atravesada por un pulso de fuerza subyacente. Las imágenes de “latir con fuerza” y el “grito de afirmación” abren un segundo registro que aforda una expansión sin sacrificar la suavidad inicial. Ambas resonancias se entrelazan en el cuerpo-sentido, manifestando una disposición de resistencia callada pero firmemente enraizada, que surge desde la misma herida. La tonalidad de la atmósfera no se vuelve agresiva, épica ni triunfante, sino que sostiene un equilibrio contenido entre la fragilidad y la valentía del latir. El resultado es un clima afectivo complejo: un “no tengo miedo”, que no resuena como desafío o amenaza, sino como un susurro dirigido hacia dentro. Una afirmación que conmueve, precisamente porque no abandona la vulnerabilidad, porque habita la soledad y el temor sin doblegarse, vibrando en una resonancia sensible.
Flotar
Esferas
Este breve escrito construye una atmósfera etérea y abstracta desde sus primeras líneas. Palabras como “preciosas” y “titilantes” evocan destellos cristalinos, estrellas…, entidades lejanas, ingrávidas, heladas, de una belleza contemplativa e inalcanzable. Esa idea de ambigua lejanía se acentúa con la referencia a “flotar en medio de todo y de nada”, evocando el pulso nítido de un silencio que se percibe despojado de peso material. La atmósfera que se configura trae evocaciones sensoriales: el silencio nítido de un cielo nocturno, lejano y brillante, el aire helado e inmóvil despertando los pulmones al respirar.
De manera abrupta, sin transición, irrumpe un segundo clima: el lado “espinoso, peligroso”. Aquí la atmósfera se torna distónica y afilada, aunque curiosamente conserva el aire descorporeizado. Aunque las palabras envuelven, no me arrastran corporal ni subjetivamente hacia ese malestar. Las espinas y el caos se constatan, pero con serena distancia, desde fuera. El “yo” de la voz lírica parece separado afectivamente de ellos, sin que las espinas se hundan en la piel.
Este efecto se refuerza en la conclusión: “ambas coexisten en un mismo mundo, y ambas conforman un mismo humano”. La voz cierra con una tonalidad suave y neutral, como constatando un hecho evidente. No hay dramatismo, fiereza ni angustia, sino un registro reposado.
El resultado es una atmósfera tranquila de extrañeza contemplativa, casi… ascética. Un clima que alterna entre la belleza distante y los bordes afilados, desde un lugar de observación desapegada. No hay refugio cálido ni contención afectiva, como no hay carne que reciba el dolor. Aforda, finalmente, una resonancia de templanza, de sosiego reflexivo.
Romper
Mujer
La inmersión en este texto implica una textura áspera raspando la piel. La voz destila una frustración contenida que aforda un grito rabioso y ahogado. Más allá del contenido semántico, el ritmo y los cortes abruptos del texto transmiten la vibración corporal de una tensión, de discurso final, de declaración dura que se esfuerza por no desbordarse.
Este no es un desahogo al vacío ni una exploración introspectiva. Es un discurso dirigido a un alguien, a un destinatario que condensa la experiencia del desreconocimiento: lo que daña, niega y borra. No hay metáforas expansivas ni imágenes estéticas. La acusación se siente directa, dentada e inexorable. La lectura se siente astillada, con una exasperación que parece de vez en cuando detenerse a respirar, a forzar la calma. Recorre el texto una rebeldía que carga consigo cansancio, tristeza y una especie de furioso desamparo. La tensión que se siente despliega también con el ritmo de la continua oposición de contrastes: el otro que dice amar pero invisibiliza y encadena, la voz que está agotada pero no deja de confrontar, la autoafirmación férrea junto a la vulnerabilidad.
La atmósfera general es de frustración y cansancio. Un cuerpo apretando los labios en una línea dura, confrontando desde la herida misma. La voz narrativa, el “yo” del escrito, levanta el mentón en un gesto desafiante, en guardia, con el cansancio de un gesto repetido mil veces. Lo que resuena no es solo el hartazgo del momento, sino también el desgaste acumulado de haber recorrido esa deriva quizás cuántas veces. Se siente el dolor, la historia de caer y levantarse, el esfuerzo interno que cuesta llegar a ese “te quiero, pero también me quiero a mí”. Ahí está esa fortaleza, pero también el hundimiento. “Yo me agoté/ Ya me agoté”.
REFLEXIONES
Las lecturas presentadas evocan y ayudan a construir escenarios muy dispares: la cualidad vivaz, lúdica, a veces abrupta y natural de “Yo, río”, la tonalidad íntima y corpórea de “Pechito trans”, lo desmaterializado y reflexivo flotando en “Esferas” y, finalmente, la vivencia encarnada, pulsante del cansancio en “Mujer”. Las atmósferas que surgieron de estas lecturas, aquí, hoy, y no ayer ni mañana, en el encuentro de las palabras conmigo y no con otres, existen en imágenes y sensaciones que se desparraman en un campo imposible de delimitar, resistiéndose a la reducción.
Esta aproximación analítica literaria y atmosférica se orienta a un lenguaje que excede la literalidad de la sintaxis: uno que juega con la sensación, la textura, la tensión y la cadencia que se configuran en el acto mismo de la lectura. Entrar en lo páthico, o lo que Griffero (2021) y Anderson (2009) describen como indefinible pero intensamente experimentable. Es un proceso que la literatura, y el arte en general, sostienen de forma natural.
El arte es capaz de quedarse cómodamente en la vibración juguetona y elástica de un texto, en el latido dulce y dolorido del siguiente, sin necesidad de explicaciones. La experiencia aquí no es forzada a convertirse en algo inteligible en términos lingüísticos y, sin embargo, aparece: reclama su espacio en un registro que no le exige conceptualización. En ese aparecer se constituye como una forma de reconocimiento atmosférico, una elaboración conceptual propuesta a partir de este trabajo con la cual se busca distinguir de manera analítica entre la resonancia o afectación afectiva inmediata producida por los relatos y el reconocimiento formal y recíproco en el sentido específico desarrollado por Honneth (1996). El reconocimiento atmosférico aquí propuesto opera de manera complementaria: posibilita la (auto)confianza, el (auto)respeto y la (auto)estima al abrir un nicho de presencia sensible, aunque no se ajuste a los formatos normativos del derecho o del discurso racional de la teoría del reconocimiento clásica. Contra la invisibilización social [ese ser mirado a través que Honneth describe como una de las formas más sutiles de humillación y que, según Palacio (2021), materializa violencia y menosprecio tanto en lo público como en lo privado], los textos se manifiestan en su vibración afectiva: algo que no necesita explicarse, sino hacerse sentir.
Ello se inscribe en una historia local de luchas por el derecho a la existencia pública, enfrentándose a lógicas de exclusión “higienizadora” que históricamente han marginado a personas y colectivos considerados más disruptivos (travestis, “locas”, personas con VIH) con el fin de proyectar una imagen de la diversidad que no incomode a la norma (Robles, 2008). Frente a la lógica histórica de silenciamiento, estos escritos constituyen una forma de resistencia sensible, que fluye con sus propias corrientes: saltarina y arrojada, vulnerable, reflexiva, áspera; con sus voces que se posicionan sin complejos en un entramado de autoafirmación, miedo, juego, cariño, contemplación, agotamiento, confrontación. En todas ellas resuena una reivindicación de su dignidad y derecho a existir, aun en lo indecible.
Las cuatro lecturas albergan una constante tensión afectiva, un fluctuar entre resonancias que no buscan imponerse ni ordenarse. El brinco ligero que deviene intenso en “Yo, río”, la suavidad susurrada que no acalla la fuerza en “Pechito trans”, la contemplación que se vuelve filosa en “Esferas”, y el cansancio que convive con la tristeza y la rabia en “Mujer”. Experimentarlas atmosféricamente constituye un hallazgo metodológico en sí mismo, pues permite suspender la clausura semántica para dejar que la polifonía de afectos reverbere en su propia multiplicidad. El análisis abre la posibilidad de registrar las atmósferas resultantes y detenerse en cómo sus resonancias se experimentan en el cuerpo-sentido (Griffero, 2014): con vulnerabilidad, melancólica ternura, energía desbordante, tensión, serenidad.
Otro punto digno de mención es la sensorialidad evocada, que emerge en el encuentro con los relatos. El río que rebota, el corazón que late, los labios apretados de frustración, incluso el desapego de ese “yo” flotante y reflexivo: las palabras, el ritmo, las repeticiones construyen sensaciones corporizadas que respiran con la materialidad de quien lee. No entregan discursos sobre el cuerpo no binario, sino que conforman una vivencia pulsante, una atmósfera que atraviesa al sujeto y le hace resonar sin necesidad de racionalización, operando mediante una “posesión páthica” (Griffero, 2014). Se trata de una experiencia que excede la percepción de estímulos representacionales para alinearse con lo que Pakman (2014) denomina “evento poético”, es decir, una presencia inasible que deja huellas físicas, prerreflexivas, previas a toda atribución lingüística consciente.
CONCLUSIONES
Frank (2005) afirma que cada relato individual alberga una polifonía narrativa: voces que dialogan, concuerdan, se contradicen, se complementan y se superponen, una multiplicidad que no se origina en la simbolización, sino en la experiencia. La propuesta metodológica de las lecturas atmosféricas arranca desde esta premisa, pero la incorporación del elemento artístico habilita la emergencia de una polifonía páthica que “estalla” múltiples registros: texturas, imágenes, ritmos, matices, sensaciones, affordances afectivas que se configuran en el encuentro con otre y le atraviesan sin necesidad de una organización lógica o normativa. Los hallazgos que se desprenden de este ejercicio muestran que el (des)reconocimiento no aparece como un estatus nominal y unívoco, sino como una experiencia sensible de agotamiento, desborde y resistencia, una complejidad vibrante que se despliega en una resonancia afectiva con densidad material. Se inscribe en el Leib con ritmos cortantes, tonalidades frágiles y texturas espinosas, en la expansión, en la dulzura callada.
Como aporte principal, este artículo explora la lectura atmosférica como aproximación metodológica para la psicología y los estudios de género, que facilita el acceso a dimensiones prerreflexivas de la experiencia que los métodos cualitativos tradicionales suelen omitir. Este enfoque aporta criterios procedimentales o de transparencia para su utilización en investigaciones situadas que busquen trabajar con subjetividades que enfrentan la ininteligibilidad normativa. Al sostener la cualidad atmosférica de los textos sin forzar una clausura semántica, el método posiciona lo páthico como un insumo de análisis político, permitiendo que lo ininteligible ocupe un nicho de presencia y habitabilidad.
Este estudio posee un carácter exploratorio basado en el trabajo con un grupo reducido de participantes. Por tanto, sus resultados no pretenden ser generalizables, sino únicamente ofrecer una densidad interpretativa situada en un contexto sociocultural específico, dejando abierta la invitación a futuras investigaciones que profundicen en estas resonancias en otros soportes y comunidades.
En términos de proyecciones, la lectura atmosférica puede significar un aporte para profundizar en las dimensiones psicosociales e interseccionales de la experiencia en la diversidad sexual y de género, integrando la dimensión páthica como un insumo de análisis situado para trascender la simple descripción de etiquetas identitarias. En consecuencia, futuras indagaciones podrían orientarse a explorar atmósferas y resonancias afectivas en una cartografía crítica más amplia, analizando cómo la matriz heterocisnormativa estructural/institucional habita en la sensibilidad de los cuerpos.
EPÍLOGO
El taller de escritura donde estos textos tomaron forma no es simplemente un dato contextual. Fue pensado e implementado con la intención de ofrecer un contradispositivo artístico, es decir, un espacio de despliegue personal y artístico que no se reduce al rol de instrumento para obtener datos (Marxen et al., 2021). Las decisiones que llevaron a su estructura final buscaron siempre favorecer la aparición de lo páthico y la conexión con el cuerpo-sentido más allá de las conceptualizaciones, racionalizaciones e historias que les participantes tienen sobre su experiencia como personas fuera del género binario. Las activaciones corporales y el trabajo con materiales concretos no se guiaron solamente por la intención de romper el hielo, sino que respondieron al esfuerzo de conectar con la sensación de ser quien se es, de existir en un cuerpo particular y de experimentar el reconocimiento o la exclusión, según la temática de cada encuentro. En esa misma línea, la lectura grupal y los diálogos colectivos apuntaron a generar espacios de resonancia, donde les participantes pudieran abrirse más fácilmente al registro sensible. La escucha mutua entre pares queer, y específicamente no binaries, ayuda a soltar la exigencia de explicarse en términos normativos para justificar su experiencia, posibilitando así un reconocimiento más atmosférico que discursivo.
El resto, lo que no se deja definir, se ve aquí como un rasgo constitutivo de la experiencia que buscamos generar. Ese es el gesto ético que pretendimos instalar y que la metodología artística nos permitió sostener: acoger lo que desborda sin forzar la significación, atestiguando la dignidad de un reconocimiento que suele ser negado o condicionado a la inteligibilidad binaria.
Para estas subjetividades expulsadas, la escritura es resistencia, política, ética y estética. Donde las palabras no alcanzan, el arte se las apropia y las transforma en cuerpo, en materia sentida: se vuelven preciosas, redondas, titilantes.
FINANCIAMIENTO
Este estudio fue financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile (ANID), a través de la Beca de Doctorado Nacional, 2022 (Folio N° 21220116).
CONFLICTOS DE INTERÉS
Le autore declara no tener conflicto de intereses.